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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 13 de noviembre de 2019

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La I + D en los tiempos del cólera

14 FEB 2012 a las 10:50 CET

 

En la antigüedad, pocas personas se dedicaban a lo que hoy en día hemos dado en llamar investigación. Sólo aquellos que podían permitírselo, o que caían en gracia a algún mecenas, podían investigar y hacer ciencia. Las cosas cambiaron cuando se vio que esa ciencia básica, que algunos consideraban un pasatiempo, se convertía en mejoras en la calidad de vida, y la gente empezó a entender poco a poco la importancia de la investigación. Hoy en día, la investigación se ha profesionalizado y es un gran conglomerado en el que participan miles de personas, en algunos casos con inversiones multimillonarias y a muy largo plazo.

La investigación es una carrera de fondo y de obstáculos a la vez: unas veces retrocedes, te tropiezas, e incluso tienes que volver a empezar de cero. Pero tiene su recompensa: nunca sabes las agradables sorpresas que te deparará el siguiente experimento, el siguiente cálculo o el siguiente documento a analizar. El camino de la ciencia no está escrito. Y precisamente esa incertidumbre hace necesaria que la inversión en ciencia sea constante, porque lo que no descubres tú, puede descubrirlo otro, llevándose ese conocimiento a su entorno: su ciudad, su región o su país.

 

Justamente los países con una tradición científica de siglos son los que siguen apostando por la investigación sin titubear. Porque saben que solo mediante políticas de investigación sólidas, estables y de largo recorrido, van a lograr avanzar. La ciencia no se hace en un día, y sus frutos no maduran pronto, pero, sin duda, terminan madurando. Tal y como comentaba el pasado mes de enero la comisaria europea de Investigación e Innovación, Máire Geoghegan-Quinn: "En tiempos de austeridad, y precisamente porque hay que ser austeros, hay que seguir invirtiendo en áreas como la educación, la investigación y la ciencia".

 

En estos momentos de crisis y reajustes económicos, es cuando más importante es hacer una buena planificación de la inversión en I+D, fomentando la investigación básica y premiando la aplicada. Un aumento en la partida de gasto de los Presupuestos Generales del Estado dedicada a I+D siempre es algo positivo, pero también hace falta una política de gasto coherente, seria y planificada. Crear grandes centros de investigación con máquinas de última tecnología no sirve de mucho si no se dota a los centros de personal cualificado. No hay ciencia sin investigadores. Igualmente, las partidas destinadas a RR.HH. tendrán un impacto mucho menor si no se evita que con ellas se fomente la endogamia y el amiguismo. Una inversión constante permite prever y gestionar adecuadamente las necesidades existentes, lo cual es imposible mediante cantidades variables y puntuales como viene sucediendo en España en los últimos años. Además, hace falta dotar al sistema de mecanismos de control que faciliten una competitividad real, que nos permita estar a la altura de los científicos de los países con mayor tradición investigadora.

 

Sin embargo, el Gobierno anterior, con su política de recortes, cercenó las posibilidades, vislumbradas en ahora lejanos momentos, de acercarnos a la media europea del 2% del PIB de inversión en I+D. Las primeras medidas de este Gobierno van en la misma línea, con la no tan simbólica desaparición de la palabra Ciencia de los nombres de los ministerios y un anunciado nuevo recorte de 600 millones de euros que no sabemos aún en qué se va a traducir. Un cambio en estas políticas en consonancia con Europa será siempre bienvenido. Tan solo esperemos que, cuando llegue, no sea demasiado tarde.

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