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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 18 de octubre de 2019

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Homenaje a Sanchis Sinisterra, en el Día Mundial del Teatro

La Facultad de Filología ha celebrado el 27 de marzo, Día Mundial del Teatro, con un encuentro con José Sanchis Sinisterra, dramaturgo cuyo último galardón llegó en 2016 cuando la Federación Española de Teatro Universitario premió toda su carrera. El encuentro comenzó con la lectura, por parte de dos estudiantes del máster en Teatro y Artes Escénicas de la UCM, del manifiesto que ha escrito el escritor cubano Carlos Celdrán para conmemorar este día. Dicho texto asegura que el teatro es "crear momentos de verdad, de ambigüedad, de fuerza, de libertad en la mayor de las precariedades". Ana Antón Pacheco, antigua profesora de la Facultad y ex directora general del INAEM (Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música), consideró a su amigo José Sanchis Sinisterra un "culo inquieto", una persona que no ha parado quieto en toda su vida, "tirándose a la piscina sin agua". Eso ha hecho que sea conocido, respetado, admirado y "que haya creado escuela, ya que nunca ha dejado de impartir docencia y conocimientos a la gente que le ha rodeado".

 

El propio José Sanchis Sinisterra reconoce que es alguien que "necesita dejar huella, hacer, mover, incomodar, y para ello hay que renunciar, en la medida de lo posible, a cualquier peligro de estabilidad, poder y vinculación con los estatus establecidos". Opina, por ello, que cuando está demasiado establecido y todo fluye sin problemas, siente una "necesidad de dejarlo, cederlo a otros y pasar a otras cosas".

 

Frente a las preguntas de los estudiantes del máster de Teatro y Artes Escénicas, Daniel Migueláñez y Elisabeth Maíquez, contó el dramaturgo que el teatro le escogió  a él ya de niño. Con diez años, "en la Valencia franquista", tomó la decisión de ser escritor, con novelas de aventuras, piratas, del Oeste... A los catorce, "en un extraño centro de enseñanza, una academia privada", a la que les llevó su padre a él y a su hermano, "quizás reducto de la Institución Libre de Enseñanza", se apuntó al grupo de teatro como actor. Descubrió algo que no había encontrado en la escritura, que no dejaba de ser una actividad solitaria, que era la grupalidad, y aquello convirtió su trabajo de escritura de novela en algo secundario, y muy pronto pasó a escribir y dirigir teatro.

 

Desde entonces ha conservado la sensación de que el teatro es fundamental y necesario, porque ahí "los seres humanos se frotan, se acarician, se miran, se hablan... Es un antídoto antropológico frente a la pseudoexistencia en las redes". Afirma que no tiene móvil, aunque sí Internet, y se da cuenta de "lo importante que es tener lugares donde la gente se relacione y emprenda cosas para cambiar la desasosegante realidad que nos invade".

 

El vicio de la lectura

El dramaturgo, que asegura que la única patria que reconoce es la literatura, recuerda que empezó a ser un lector voraz a los diez años, y ha seguido haciendo de "la lectura una dimensión de la vida, sin la que esta no tendría sentido". Cuenta que su frecuentación de la narrativa y la poesía ha sido permanente, sobre todo desde que como profesor de Literatura ha intentado contagiar su vicio y pasión a adolescentes, tanto que esa es su causa, la de "contaminar a las generaciones de la otra vida, del otro horizonte que la Literatura puede dar".

 

Frente a un cierto estancamiento que reconoce al teatro, ya desde su nacimiento bajo unos cánones aristotélicos, Sanchis Sinisterra afirma estar en deuda con dramaturgos que para él han cambiado el paradigma. Y aunque sus maestros son infinitos, se declara epígono, el que va detrás de los demás, sobre todo de cinco autores que son Brecht, Kakfa, Cortázar, Beckett y Pinter, porque siempre encuentra en ellos "dimensiones que sirven para explicar el tiempo presente".

 

Opina, por ejemplo, el dramaturgo que mientras que en el arte contemporáneo ahora se vive el "cuanto más mejor y eso está contaminando el teatro", la obra de Beckett es un ejemplo de austeridad, y eso "puede ser muy útil para contrarrestar esa actualidad".

 

Otro de sus maestros intelectuales es Walter Benjamin, quien considera que el historiador debe ser como un trapero, que recoge jirones de lo olvidado, y eso es lo que él intenta realizar en la actualidad desde La Corsetería, la sede del Nuevo Teatro Fronterizo, con obras sobre el capitalismo, el olvido, la invisibilidad de la mujer, los exiliados anónimos del 39...

 

¡Ay, Carmela!

En la transición, algunas obras de Sanchis Sinisterra salieron del cajón del escritorio, pero él ya había nacido como dramaturgo en pleno franquismo, en los años 50, aunque esas piezas no se habían representado, en parte por la temática política, otras porque eran obras extemporáneas... Cuando consiguió anclar en una misma línea el trabajo de dramaturgia y el de director, junto al de pedagogo, es cuando comenzó realmente su trabajo profesional en los 70, que es cuando fundó el Teatro Fronterizo.

 

La obra más conocida del conferenciante, ¡Ay, Carmela!, nació en 1985, cuando volvía de una gira y hablando con un ayudante de dirección sobre Ñaque, la obra barata que estaban representando, le dijo de hacer otra obra igual de barata que pagase una deuda con las Brigadas Internacionales. El título debía ser una de las frases de las canciones de la época de la guerra, con una pareja de cómicos mixta y en la que ella moría, y con todos esos elementos nació la obra de manera muy rápida. Con la suerte de que a poco de terminarla, se la mandó a José Luis Gómez, quien la montó a la primera.

 

Pasar de la risa al lloro, como ocurre en esa obra, fue una decisión técnica porque "no quería hacer una obra cejijunta, crispada, de puño en alto y cejas fruncidas", así que introdujo el humor como una herramienta intelectual, metiéndose casi en la misma réplica lo cómico y lo trágico.

 

Bromea el autor con que "a nivel celular de aquel Sinisterra no queda casi nada, aunque a nivel mental sí quedan más cosas, como el hecho de no hacer nunca lo que ya sabe hacer". Explica que ahora mismo está bloqueado en la escritura de una obra, con la conciencia de que ya está acabado, y esa sensación, que ya la tenía hace años, es una idea un tanto masoquista de la idea del fracaso que le incita a seguir trabajando.

 

La herencia de América Latina

Entre los muchos temas que trató en su conversación, no quiso dejar de lado su relación con América Latina, porque su vida se divide en antes y después de viajar allí. Informa de que había leído crónicas de la conquista e información sobre el Chile de Allende, la revolución cubana, la sandinista... pero nunca había pisado territorio americano, así que cuando empezó a viajar allí, "aparte del regalo maravilloso de las distintas músicas del español", descubrió que "la cultura es una especie de derecho a la vida, que se realiza en ocasiones con peligro físico, de hacer teatro sin casi nada... Aquello era admirable, ejemplar y sigue siendo fundamental para su vida. Hay una voluntad extrema de hacer arte y cultura, es como una especie de oxígeno para poder respirar en ambientes peligrosos, con diferencias de clases tremendas...". De hecho, uno de los impulsos para abrir la mítica sala Beckett fue su estancia de seis meses en Medellín, ya que a raíz de aquello consideró que "aquí estamos en el país de jauja y no arriesgarse a abrir una sala era simple cobardía".

 

Opina que desde hace al menos quince años hay "una impresionante proliferación de autores y autoras, sobre todo de estas últimas, que están invadiendo el ámbito de la dramaturgia, aunque menos de la dirección". Él se considera un poco culpable de eso, pero también otros muchos colegas que han permitido que una generación de mujeres surgiera y que no haya parado la actividad de siembra. Hay muchísima gente que quiere escribir teatro, y de hecho en La Corsetería a veces hay overbooking de matrículas en los talleres y eso le crea "problemas de conciencia" por si está creando parados y frustrados, porque "no hay cama para tanta gente, porque el sistema teatral no se atreve a arriesgarse con jóvenes autores".

 

Desde su punto de vista, y desde lo que refrendan los datos oficiales, las salas prefieren hacer las mismas obras de Shakespeare, Lope, Calderón... que tomar riesgos. Lo ideal sería que se hiciese evidente que "el texto dramático no es un anacronismo, que la innovación no son sólo proyecciones sin parar ni venir a cuento, sino que en la escritura también hay innovaciones extraordinarias que deben confrontarse con el público".

 

Algo que no es nada fácil, desde el momento en el que "la literatura dramática ni siquiera aparece en las secciones de libros, sólo la novela y un poquito de poesía, para quedar bien". Eso sí, hay pequeños editores y editoras que se arriesgan y sacan esas obras, aunque "se ha perdido la costumbre de leer en general, incluso entre la gente de teatro, que prefieren saber que se estrena en otros países, que ir a una librería a leer obras que se están publicando en la actualidad".

 

A pesar de todos los impedimentos, incluido el no tener una sala para mostrar los textos que salen de sus talleres, se siente una persona afortunada, porque "se ha formado un capital humano extraordinario, una extraña nube de personas que creen en el proyecto del Nuevo Teatro Fronterizo y ahí se produce un frotamiento que permite hacer muchas más cosas de las que se podrían hacer, colocando siempre en primer plano los temas que están ausentes de los teatros".

El paraninfo de la Facultad de Filología ha acogido el encuentro con José Sanchis Sinisterra, en el Día Mundial del TeatroJosé Sanchis Sinisterra escucha a Ana Antón PachecoEl encuentro ha ido acompañado de una exposición de fotografías que se puede visitar, hasta el 12 de abril, en el vestíbulo del edificio A de la Facultad de FilologíaJosé Sanchis Sinisterra reconoce que necesita moverse y salirse siempre de los caminos ya recorridosAna Antón Pacheco, antigua profesora de la Facultad y ex directora general del INAEM (Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música)Los dos estudiantes del máster de Teatro y Artes Escénicas de la UCM que leyeron el manifiesto escrito por el escritor Carlos Celdrán para conmemorar este Día Mundial del Teatro
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