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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de noviembre de 2019

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Entrevista al actor y director teatral José Luis Gómez: "En el teatro, el actor elige la única gloria de la que se puede gozar, que es la del presente"

En el centro de Madrid se alza, como un templo, el Teatro de la Abadía. Pero no es un templo cualquiera dedicado a una de las muchas mitologías que pueblan este mundo, sino que allí, entre sus paredes, se programan obras tan magistrales como la que ahora se puede ver, el American Buffalo, de David Mamet. En la planta alta del teatro, en sus oficinas, nos encontramos con José Luis Gómez.

- A sus más de 20 galardones se suma un doctorado honoris causa. ¿Se esperaba algo así cuando comenzó con la interpretación?

 

- Nunca en mi vida, en mi trabajo, en mi trayecto, he especulado con los premios. Me he limitado a trabajar, lo mejor que he podido y humildemente. He de confesar que de manera muy inesperada las cosas han ido cayendo, no diría que por su propia fuerza sino por un azar muy benévolo. Uno no se mete a aprender ser hombre de teatro para estar un día en una posición tan honorable, así que doy gracias a la vida y a la universidad ilustre que me distingue.

- ¿La humildad se aprende a lo largo de la vida de un actor?

 

- Es un trabajo que se ejerce, al principio y quizá durante años, con una vanidad inconsciente pero muy presente. Cuando uno se percata de que esa vanidad le ha acompañado, y le acompaña, se da cuenta de que causa muchos desórdenes en el proceder artístico y entonces uno se empieza a percatar de que hay la posibilidad de moderar este comportamiento.

- ¿La vanidad entonces es común en todos los artistas en sus primeros pasos?

 

- Yo creo que existe en todos los artistas a los que se les aplaude explícitamente por su trabajo. Sin embargo, uno se percata, pasando el tiempo, ya en la madurez, que cuando el aplauso ocurre ya ha pasado lo mágico, ha pasado lo mejor. Cuando tiene lugar, por muy clamoroso que sea, el hechizo ya se ha roto. Uno ha recuperado el rostro cotidiano y ha dejado de ser una criatura que ha asumido un rol. Cualquier rol te afecta y el trabajo del actor es dejarte afectar, hacer tuyo el dolor, la maldad, el sarcasmo... Eso levanta ecos en tu propio ser y descubres en ti aspectos de maldad y también de bondad, de tesón, de sarcasmo, de obstinación... Descubres partes de ti que son verdaderas, pero también muchas que no son halagüeñas. Eso que tiene algo de terapéutico también tiene algo de sacrificial. Aunque el propósito no sea sacrificial sí que tiene algo de ello. Stricto sensu eso lo une a los orígenes sagrados del teatro, aunque es evidente que el actor joven no se percata de ello.

- Llegamos así a una pregunta sobre sus primeros pasos. ¿Por qué se metió en esto de actor y además empezando su carrera en un lugar como Alemania?

 

- Es algo que me he planteado mucho a lo largo de mi vida y por qué me metí en este berenjenal en un país tan diferente al nuestro, con una lengua tan diferente de la nuestra. Son mitad incógnitas y mitad el azar de la vida. Muy al principio, durante esos años de juventud, el actor o el artista (incluiría aquí al torero y al bailarín), cree que lo que ocurre en él es sólo por mor de él, y no es así. Cuando el ángel baja, y hay veces que baja, es una fuerza que lo supera a uno. Es más que tú, pero también eres tú, forma parte de ti porque estás en la vida, en el universo e impregnado por fuerzas extraordinarias. En algunos artistas privilegiados el ángel baja y eso es una fuerza extraordinaria. En la mayoría de nosotros baja sin consecuencias, no deja rastros o no deja conciencia de lo que ha pasado. A lo sumo una especie de recuerdo vago, de trance. En los artistas, como asumen una posición muy extrema, de naturaleza espiritual y psíquica, esto es muy notorio y se puede palpar muy bien.

- ¿Esa sensación de la que habla existe también en el cine?

 

- El de actor es un oficio absurdo. Camus lo describía como uno de los grandes arquetipos del absurdo, porque es el rey de lo efímero. Las imágenes quedan en el cine, pero pasados unos años la actuación cinematográfica envejece muchísimo. Nada queda del aliento, de la respiración, de ese vibrar absoluto de un ser humano cuando está en escena. Puede quedar en algunas fotos que a pesar de eso no hacen ninguna justicia al hecho del instante. Sin embargo, en el teatro, el actor elige la única gloria de la que se puede gozar, que es la del presente.

- ¿El intento de captar ese presente fue lo que le hizo fundar el Teatro de la Abadía?

 

- Sin duda. El proyecto del Teatro de la Abadía estaba en las mesas del que era el Ministerio de Información y Turismo, y yo lo retomé con un sentimiento de rebeldía al ver el medio teatral en el que me tenía que desarrollar desde ese momento en adelante, después de haber quemado las naves y volverme de Alemania. Yo sentía que el bagaje que el azar de la vida me había hecho acumular debía ser compartido y estar al alcance de la mayor cantidad de gente posible. Acepté esa ocasión de fundar la Abadía y con ella un teatro de cuño muy distinto a lo que había y a lo que hay, que son o las grandes instituciones, por las que ya había pasado, o el teatro privado comercial y el independiente, de los que ya había salido. Con el advenimiento de la democracia surgieron muchos proyectos de teatros autonómicos al ejemplo francés o alemán. De ese florecimiento proyectivo han desaparecido casi todos porque los primeros gestores gastaron demasiado o no consiguieron suficiente éxito. La Abadía se fundó teniendo en cuenta esos datos, haciendo un proyecto de muy bajo coste, con unos equipos pequeños pero muy motivados y con capacidad para hacer muchas cosas, y con un propósito evidente de servicio público.

- ¿Se ha modificado de alguna manera el espíritu de la Abadía?

 

- Hemos hecho muchos esfuerzos en formación. Por ejemplo, ahora abrimos un campus de verano para principiantes y para seniors. La Abadía ha evolucionado de una manera más sofisticada para mejor. Este año hemos dado una vuelta hacia delante con un buen número de proyectos e iniciativas que son muy insólitas dentro del teatro y que se conocerán a su debido tiempo. Lo que sí puedo decir es que yo, tras siete años dedicados a tiempo completo a la Abadía ahora he vuelto a trabajar fuera como actor en teatro y cine y también como director.

 

Sus trabajos en el cine

En los últimos años José Luis Gómez ha participado en películas, al ritmo de una anual. En ellas ha trabajado con directores de todo tipo, de los que reconocer haber aprendido cosas diferentes. De Milos Forman, en Los fantasmas de Goya, extrajo un "peso de la edad, un peso impresionante de sabiduría". Afirma que existe un "mundo insólito, deslumbrante, vivo, lleno de interés y de poesía en el trabajo de Pedro Almodóvar", con el que ha colaborado en Los abrazos rotos y en la próxima La piel que habito. Su último trabajo estrenado ha sido Todo lo que tú quieras, de Achero Mañas. De este director, Gómez afirma que "hay una visión joven, enérgica y audaz, de la que uno se impregna y se enriquece".

En el año 1976, ya obtuvo un gran éxito internacional por su papel en Pascual Duarte, de Ricardo Franco. En aquella ocasión ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes. En septiembre de 2011 se estrenará el último trabajo de Almodóvar y le preguntamos a Gómez qué podemos esperar de su papel en la película. "Es un papel muy pequeño, ya que me pidió Pedro que interpretase al presidente de un comité de bioética, que le hiciera ese papel aunque no sea de los que acostumbro a hacer por dimensiones, pero lo hice muy a gusto por la relación amistosa que nos une".

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