CURSOS DE VERANO
Ochenta años del gusto cultural de los españoles, a través de los tebeos
Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Aída Cordero - 16 jul 2026 11:43 CET
Ahora los lectores de cómics, novelas gráficas o tebeos (como le guste a cada uno nombrarlos) compran su dosis mensual de lectura en tiendas especializadas y los guardan como un tesoro, pero hubo un tiempo, muchas décadas de la Historia de España, en la que los cómics sólo se llamaban tebeos, se compraban en alguno de los miles de kioscos que existían, se leían con avidez, a veces se dejaban por casa sin mucho orden, e incluso uno se deshacía de ellos como el que tiraba el periódico del día. La exposición “TBO. La España que leyó en viñetas: Una mirada a través de más de 100 ejemplares originales (1900-1980)”, organizada en la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial dentro de la programación de los Cursos de Verano de la UCM nos habla de aquella época en la que los tebeos formaban parte de la vida de millones de niños españoles.
Comisariada por Luis Antonio Heras Quirós y Carlos Álvarez Nebreda, recuerda según sus propias palabras, “un tiempo en el que la ilusión de un país se medía en céntimos y se compraba los domingos en el quiosco de la esquina”. Antes de que se llamasen tebeos, este formato se conocía como “cuaderno de historietas”, pero la aparición en 1917 de la cabecera TBO y su enorme impacto acabó dando nombre a esta forma de diversión masiva, muchos años antes de que existiera la televisión.
La exposición, que muestra ejemplares originales de ocho décadas, invita a “realizar un viaje emocional y cronológico por el corazón de la cultura popular del siglo XX”. Son páginas sencillas, tanto en su diseño como en su uso de papeles y tintas humildes, pero en ocasiones muestran rasgos de genialidad por autores que en muchos casos ni siquiera firmaban sus trabajos.
Las revistas pioneras del humor gráfico infantil español, que incluían tanto historietas propias como traducciones, fueron Monos y En Patufet, surgidas en 1904. Desde ahí, el número de publicaciones fue en aumento, con mucho material autóctono, aunque también con la incorporación de cómics de aventuras de Estados Unidos, con tiradas de hasta 220.000 ejemplares semanales en el caso de TBO.
Durante la guerra civil surgen un buen número de publicaciones propagandísticas dirigidas a niños que, como es lógico, desparecieron tras el conflicto para dar paso a unas cabeceras controladas totalmente por una censura que obligó a muchos de los autores a emigrar. En esta época conviven cómics totalmente proselitistas de las ideas del régimen como Roberto Alcazar y Pedrín con la reaparición de TBO en 1941 y la de la Escuela Bruguera en 1947, que marcará a muchas generaciones de autores y lectores. En estos años, los tebeos se presentan como una lectura muy barata, ya que además se podían alquilar o intercambiar por otros en los quioscos e incluso en los estancos.
En los años cincuenta, la difusión del tebeo es enorme, y los comisarios de la muestra calculan que cada semana circulaban varios millones de ejemplares por todo el país que ayudaron a que muchos chavales comenzaran a habituarse a la lectura. En este momento surgen tebeos femeninos y aparecen, en 1958, los primeros episodios de Mortadelo y Filemón del magistral Ibáñez.
En los sesenta comienzan a llegar, de manera masiva, los superhéroes de Marvel y DC, al tiempo que también lo hace el cómic francés y belga, con personajes como Tintín y Astérix. Será en esta década cuando la RAE acepte la palabra tebeo, que se usaba desde mucho antes, cuando nazcan los primeros fanzines de aficionados y cuando se comiencen a ofrecer historias largas de Mortadelo y Filemón, lo que es un “síntoma de un tebeo cada vez más ambicioso”, De hecho, los personajes de Ibáñez llegan ya al cine, en forma de cortometrajes de animación.
Los años setenta comienzan a incorporar una mirada más adulta al cómic, con la publicación de las primeras historias de Paracuellos, de Carlos Giménez, la aparición de revistas de terror, satíricas como El Papus y El Jueves, y de escritores y guionistas underground, como El Víbora.
Esta tendencia continúa en los años ochenta, con la desaparición de varias cabeceras y de la editorial Bruguera, en un momento que para los comisarios de la muestra es una paradoja, porque “la década de mayor libertad creativa y calidad del cómic español coincide con el principio del fin del modelo de negocio que había sostenido el tebeo durante casi setenta años, el del quiosco de barrio”.
