CULTURA

La escritora Marta Sanz ha inaugurado el máster de Estudios Literarios

La escritora Marta Sanz se desnuda (poéticamente) ante los alumnos del máster en Estudios Literarios

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Jesús de Miguel - 13 oct 2020 11:37 CET

¿Qué tienen que ver Antonioni, Dorian Grey, Anaïs Nin, Suspiria, Freaks y Francis Bacon? A priori se podría pensar que nada más allá de una sucesión de nombres relacionados con algún tipo de arte, pero la respuesta es otra: todos se juntan en la psique de Marta Sanz. La escritora ha desvelado sus influencias, y sobre todo ha abierto su propia mente a los estudiantes del máster en Estudios Literarios, en la conferencia que ha impartido en la Facultad de Filología el pasado 8 de octubre. El vicedecano de Biblioteca, Cultura y Relaciones Institucionales de la Facultad, José Manuel Lucía Megías, reconoce que ha sido “un placer estar al lado de nuestra compañera filóloga complutense, una escritora que ha tenido toda esa formación filológica y literaria que de alguna manera está presente en sus libros”. De acuerdo con el vicedecano, leer a Marta Sanz “es un auténtico placer, tanto sus novelas como sus poesías, porque cuentan unas historias que te atrapan con personajes que, una vez descubiertos, forman parte de tu vida”.

 

El título de la conferencia, “El sistema nervioso personal. Marta Sanz y el desnudo femenino”, es un espejo de una entrevista que hizo Marguerite Duras a Francis Bacon, en la que el pintor hablaba de ese “sistema nervioso personal” del que partía su arte. No en vano, Sanz reconoce que aspira a “escribir como pintaba Francis Bacon, con un sistema nervioso personal donde cada elección de estilo revele una posición frente al tema que se está pintando, escribiendo”. Para la autora de pequeñas mujeres rojas (así, con minúscula), “la literatura y la pintura representan, pero también construyen realidades, porque la pipa de Magritte no es una pipa, sino la representación de una pipa y, sin embargo, también es una pipa”.

 

Marta Sanz recordó a los estudiantes que “el bagaje que llevas te sirve”, y aunque cuando piensa en escribir una novela o un poemario no se acuerda de manera consciente de todo lo que tiene a sus espaldas, sí que va en pos de “otras formas de la imaginación técnica”, buscando el mejor camino para convertirse en una escritora versátil y no en una simple marca. De todos modos, tras la etapa de planificación y escritura, viene la de revisión, y “en esa sí que puede funcionar mucho más todo ese bagaje académico”.

 

En la psique de Sanz, según cuenta en su conferencia, están tanto las excursiones que hacían con su padre al interior de Alicante hasta la película Suspiria, de Dario Argento, que vio, o creyó ver, con ocho años en un cine de verano. De esas primeras escapadas familiares, en las que su padre sacaba un caballete y pintaba, le ha quedado un amor profundo por la pintura.  De hecho, los óleos, las acuarelas y también las fotos construyen gran parte de sus personajes, incluso el que es ella misma, como en su libro Lección de anatomía, donde muestra sin pudor su cuerpo desnudo, porque la escritora se describe a sí misma básicamente como su cuerpo, donde están “el hígado, el  corazón y las vellosidades intestinales, el espíritu.

 

Las alusiones al expresionismo, lo que trae de vuelta parte del estilo de la pintura paterna, se conectan con sus libros de crítica social y ahí entran referentes como Nosferatu, Otto Dix, Freaks, el fauvismo, el hiperrealismo de Lucien Freud… Todo eso se mezcla en la visión de sí misma que tenía a los 40 años cuando escribió esa novela, para la que creó un estilo con el que aspiró a retratar a las mujeres de su generación, quería convertirse en musa, en ser pintada, y confiesa que esa pulsión de ser pintada le condujo a “dos relaciones sentimentales con niños que jugaban a pintor”.

 

De todos modos, ni los niños pintores ni ella satisficieron sus deseos, porque ellos no entendían la cantidad y calidez de sus deseos, “quería ser Lana Turner, Esther y su mundo, Sylvie Vartan… Por eso, aquellas relaciones acabaron con el apocalipsis, aunque menos mal que no hubo muertos, como en El túnel de Ernesto Sábato”.

 

Las redes sociales

Marta Sanz confiesa haber sido muy renuente a participar en el mundo de las redes sociales, porque “parecía que creaban un pensamiento contrario a lo crítico, la reflexión y la toma de distancia, pero durante el confinamiento, por razones azarosas, como la publicación de la novela, todo se empezó a mover a través de las redes”. La animaron a entrar en Instagram (@msanzpastor7), donde ha hecho muchos directos, y además le ha servido para “indagar en un tipo de género nuevo, una hibridación entre imagen y texto”, que le ha permitido reflexionar y entrar en contacto con personas muy interesantes.

 

Critica, de todos modos, que más allá de eso, en Instagram “hay un modelo de fotogenia que puede ser muy dañino, tanto para los hombres como para las mujeres”. Según Sanz, estas últimas tienen que reflexionar sobre cuál es el origen de sus deseos, porque “tienen parte de una carga cultural que está naturalizada y normalizada y viene de lo masculino. Es evidente que el cuerpo es carne, pero también esas representaciones de la propia carne que hacen que una tenga deseos que a veces se vuelven en contra de una misma”. Reconoce Sanz que, debido a esa reflexión, en sus textos juega con su cuerpo como “campo de batalla y lugar de rebeldía”.

 

Un ejemplo de ello es el libro Clavícula, el “retrato de la mujer menopáusica, donde comienza doliendo la clavícula y eso desencadena todos los miedos físicos, metafísicos, a enfermar, a quedarse huérfana… Eso forma parte del cuerpo, pero también de la sociedad y el capitalismo, porque al fin y al cabo, el cuerpo es lo que más se comparte con las personas con las que uno vive”.

 

Reivindica Sanz la heterogeneidad “más allá de la violencia quirúrgica que nos hace a todas iguales, serializadas”, pero al mismo tiempo intenta ser respetuosa, no quiere ser ofensiva ni reprocharles nada a mujeres que han elegido que su modelo tiene que ver con lo canónico. Lo único que pide es el ejercicio de “saber de dónde proceden nuestros deseos y cuáles son los parámetros de nuestra libertad, y el cuerpo es una metáfora para reflexionar sobre todo eso”. Añade la escritora que “leer importa, reflexionar sobre lo que uno hace importa, no por ser más docto o más sabio, sino porque gozas mucho más. Y el gozo se multiplica en paralelo a la sabiduría”.

 

Las nuevas voces

Haciendo un repaso de la literatura escrita desde comienzos de la democracia, Marta Sanz vuelve la vista a “Blanca Andreu y Ana Rosetti, cuya mirada sobre la transición es retrospectiva, el estado de su cuerpo coincidió con el del país, vivieron juntos la pubertad. En el campo literario, en la época de la transición española hubo un momento en el que se sintió el deseo de recuperar la memoria y reivindicar todas las cosas que no se habían podido durante la represión. Pero ese periodo fue muy breve. Enseguida llegó el espíritu de la postmodernidad, del carpe diem, de que todo valía, de que ya no había clase obrera, novelas de psicoanalista…”. Cree Sanz que “en los años cincuenta, sesenta y la primera mitad de los setenta se asumieron más retos narrativos que después, porque el discurso novelesco se hacía contra el discurso franquista, represivo y fascista que te podía llevar a la cárcel”.

 

No fue hasta las novelas de la crisis, y “gracias al quiebro de Rafael Chirbes”, cuando empezaron a salir otro tipo de voces y realidades que “para algunos parecía que devaluaban la literatura, como las kellys, los jornaleros… Ahora volvemos a enfocar hacia esos ángulos muertos para contar una realidad que es compleja”.

 

Escritoras como Edurne Portela o Sara Mesa, han despertado con “nuevas reivindicaciones, que ya no son puritanas, sino que desvelan el hecho de que en la literatura y las bellas artes siempre hay un sustrato ideológico. Y una buena lectura lo descubre y luego lo descarta o se lo queda, es decir, que el discurso no surge del sexo de los ángeles, no surge desde la pureza”.

 

Entre esas reivindicaciones apareció el detective Arturo Zarco, creado por la propia Marta Sanz, y partícipe en tres de sus novelas, incluida la última. Ese personaje, de acuerdo con la escritora, surgió de la “combinación atómica” entre su propio culturalismo, “muy cinéfilo y lector”, y la visión que tiene de un amigo suyo escritor. En pequeñas mujeres rojas, Zarco es una simple fantasmagoría y el libro no es el típico relato negro, sino que es una vuelta de tuerca al género. Opina Sanz que hay que hacerlo así, porque “el género negro últimamente no implica ningún reto de lectura y en lugar de provocar preguntas lo que hace es deslizarse por una pista de hielo cómoda, así que el posible potencial de denuncia de la novela negra se va al garate”. Zarco se hace detective, realmente, porque le gustan las gabardinas y el género negro, “la trama tampoco importa mucho, sino que lo que importa es el lenguaje”.

 

Y aquí, en esa pasión por el lenguaje, podríamos entroncar con Anaïs Nin, cuando ya de niña, con doce años, tenía constancia de sí misma, y que comparte con Sanz que desde sus primeros libros ha incluido elementos de su vida, entre ellos imágenes propias como la de la portada de Daniela Astor y la caja negra, que es ella a los cinco años, en lo que considera su “bello retrato de Dorian Grey”, un intertexto fundamental en sus libros.

 

Reconoce la escritora que el detalle de las imágenes que describe a través de la palabra le revela tantas cosas que a veces le da miedo, y es lo que define como el efecto Blow-up, en referencia a la película de Antonioni del mismo título, que “insiste en la idea de que pocas cosas son las que parecen, y que bajo la aparente normalidad vive lo sórdido, lo oscuro”. Y para encontrar todo eso, tanto en la obra literaria de Marta Sanz, como en la propia vida, la escritora da un consejo: “Hay que mirar, hay que leer despacio”.