INVESTIGACIÓN

Primer encuentro "La Ciencia es portada, ¿y ahora qué?", organizado por la Unidad de Cultura Científica

Periodistas y científicos, un binomio necesario para la divulgación de calidad

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Jesús de Miguel - 29 oct 2020 19:51 CET

El “pistoletazo de salida” de la XX Semana de la Ciencia, en palabras de la vicerrectora de Investigación y Transferencia, Margarita San Andrés, ha sido el primer encuentro La Ciencia es portada, ¿y ahora qué?, organizado por la Unidad de Cultura Científica. En él se han confrontado tres periodistas (Adeline Marcos, Manuel Seara y Luis Felipe Torrente) con cuatro científicos (Esperanza Gómez-Lucía, José Manuel Bautista, Mayte Villalba y José Ángel Morales) para preguntarles sobre el estado de la ciencia española, la financiación, los retos del futuro y, sobre todo, las características de una buena divulgación científica.

 

Adeline Marcos, periodista de la Agencia SINC, y Luis Felipe Torrente, director de The Conversation España, se formaron como periodistas, mientras que Manuel Seara, responsable del programa A hombros de gigantes de RNE estudio Biológicas. En su trabajo les ayudan investigadores como Esperanza Gómez-Lucía, catedrática de Sanidad Animal y experta en virología; José Manuel Bautista, catedrático del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular, que reconoce haber empezado en divulgación por accidente; Mayte Villalba, catedrática del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular, que entendió perfectamente la importancia de la divulgación ya en su post-doc en Estados Unidos, y José Ángel Morales, doctor en Neurobiología del Departamento de Biología Celular, quien hace muchos años, durante su tesis doctoral, habló con una periodista del CSIC, que le pidió un resumen y vio que le costaba mucho explicar lo que hacía realmente. Aquello fue el origen de su pasión por la divulgación científica, algo que comparten los ocho participantes en este encuentro.

 

Una misma mirada

Aunque, como hemos visto, cada uno tiene una formación concreta, y su manera de enfrentarse a la divulgación difiere, Seara piensa que “los periodistas y los científicos buscan lo mismo, la verdad, porque les mueve la curiosidad. Se puede decir que los periodistas científicos son corresponsales en el mundo de la ciencia, así que es fundamental la colaboración conjunta, es una simbiosis para acercar al público aquellas informaciones que pueden ser de interés, tratando de hacerlas más asequibles”.

 

Para Villalba, una de las científicas complutenses que tiene más claro la importancia de la divulgación, se trata de “una mirada complementaria. El científico cada vez aprende más de cómo comunicar gracias a los periodistas y ellos gracias a los científicos, pero mientras en el laboratorio se tratan los resultados de una manera excesivamente rigurosa, extensa y tediosa para explicarlo todo, el periodista ayuda a simplificarlo sin perder el rigor, así que entre periodistas y científicos hay un vínculo en el que cada uno aprende del contrario”.

 

Marcos añade que si los científicos consiguen adaptar el lenguaje para el periodista, contando su trabajo con sus propias palabras todo es más fácil, algo que “cada vez ocurre con más frecuencia, ya que son los propios científicos los que se dirigen a la agencia para comunicar sus trabajos”. También Torrente pide a los científicos que modifiquen su manera de expresarse y para ello sólo tienen que pensar que “delante de ellos no está un par, sino alguien que no tiene nada que ver, es simplemente cambiar la zona de comunicación y lo hacen muy fácil en cuanto captan el sentido de la divulgación”. Reconoce, eso sí, que es distinto entre los investigadores de laboratorio y los docentes, ya que “estos últimos están muy habituados a explicar cosas complejas de manera más sencilla, sobre todo los de los primeros cursos”. También Seara cree que “lo importante es que abandonen su jerga, pero con rigor, y teniendo en cuenta que divulgar no es vulgarizar, y ahí quizás esté el principal problema de periodistas e investigadores”.

 

Aunque quizás sea así, Gómez-Lucía cree que ha mejorado mucho el periodismo científico en nuestro país, algo en lo que, de acuerdo con Torrente, “ha ayudado el ámbito anglosajón, porque en esas culturas consideran que el científico está en deuda con la sociedad, y esa ola se expande por el mundo y es probable que tenga mucho que ver con los jóvenes que se han formado o establecido fuera de nuestras fronteras”.

 

Las redes y la información veraz

Bautista opina que “para algunos medios la ciencia es solamente un relleno en su contenido, sin buscar profundización, pero otros profesionales, los de verdad, se acercan con preguntas que abren a los científicos la forma de ver las cosas más allá de lo relativamente estrecho dentro de su campo”. La recomendación del catedrático complutense para otros colegas científicos es que venzan la timidez, algo fácil, ya que “ahora mismo hay muchas herramientas de redes sociales que pueden servir para canalizar la información como quieran, con una respuesta muy rápida”.

 

Villalba añade que ahora hay mucha más información que nunca, así que es muy importante que la investigación de calidad se identifique, aunque eso “no es fácil, porque hay que entresacar lo correcto, lo que tiene rigor de lo que no, y por si fuera poco todo es muy rápido, a veces contradictorio, no comprobado, y la ciudadanía puede estar muy confundida”. Además, “tampoco hay excesiva educación en ciencia, así que los ciudadanos son muy vulnerables”. Coincide con ella Torrente, quien cree que “la educación es básica, porque luego la información cae sobre ella”, pero también que se ofrezca “buena información porque de eso puede incluso depender la vida de muchas personas”.

 

Rememora Seara que cuando no había Internet, la gente se comunicaba en los medios tradicionales, con informaciones que se suponía que estaban contrastadas y puestas a disposición del ciudadano, y si no era así afectaba a la reputación del medio. Ahora el problema es que se informan a través de redes, y ahí hay que separar la paja del grano, porque la información no ha sido ni filtrada, ni seleccionada, y eso, para Marcos “supone un doble esfuerzo para comprobar si una información es veraz”.

 

Por suerte, y de acuerdo con Torrente, hay un trabajo muy importante que están haciendo los fact-checkers, que desmienten las cosas de manera sensata en los mismos canales en los que se difunden las noticias falsas, así que utilizan Twitter, Whatsapp, Tik Tok… para aclarar qué es verdad y qué es mentira.

 

Una desinformación, que de acuerdo con Seara, no viene siempre del periodista, ya que hay “muchísimos estudios que se retiran, porque hay científicos que a veces ofrecen informaciones a bombo y platillo que a veces no son tales”. Gómez-Lucía pone el famoso ejemplo del trabajo de The Lancet sobre que la vacuna del sarampión producía autismo, que aunque se retiró es muy difícil de erradicar, ya que “las ideas siguen ahí, porque la gente tiene la tendencia de creer más en lo malo”. Para Villalba, los errores de los trabajos científicos pueden estar motivados, en parte, por el sistema que hay de valorar la calidad de los científicos en cuanto a los índices de calidad, porque “las investigaciones científicas tienen su tiempo y hay que contrastar las cosas, pero a veces obligan a acelerar los resultados, que no son falsos, pero no están suficientemente contrastados, y todo por ese tiempo que no existe en el sistema actual”.

 

Otro malentendido, según Morales, viene de que no se deje claro, por ejemplo, que muchos de los resultados son en “animales de experimentación y no de aplicación clínica”. Mientras Marco cree que a veces esa información la obvian los periodistas, Villalba considera que el problema puede radicar también en los propios científicos, que buscan dar “un titular muy drástico”.

 

Seguir manteniendo la ciencia en portada

Más allá de la COVID-19, que ha traído la ciencia a las portadas de los medios (o simplemente la medicina, como ironiza Seara), hay que conseguir que tras la pandemia la divulgación siga siendo noticia. Torrente tiene claro que “el cambio climático estará ahí y no saldrá de las portadas”, mientras que Gómez-Lucía asegura que “habrá muchas más enfermedades, muy relacionadas con ese cambio climático, que se sufrirán durante muchos años, así que hay que abogar por el lema Sin ciencia no hay futuro”.

 

Todos coinciden en que la ciencia es mucho más que el coronavirus y Bautista cree que la manera de acercarse al ciudadano es explicar todo tipo de temas, desde la cristalización del cacao en un frigorífico hasta cualquier asunto mucho más complejo, porque como afirma también Marcos, “todo es ciencia si lo miras desde una perspectiva periodística”.

 

De todos modos, el exceso de noticias también puede dar lugar a una infodemia, o a la confusión sobre lo que se cuenta. Bautista asegura tajante que “durante la pandemia ha habido una falta de responsabilidad por silencios de personas que tendrían que haber dicho las cosas como son desde su lado de responsabilidad, así que puede haber saturación si no hay un relato final, y el que puede dar ese relato es un periodista que sabe preguntar las cosas”.

 

Para Torrente, de todos modos, no hay que olvidar que “el ciudadano tiene responsabilidad en la selección de sus referentes informativos, así que tiene que formarse y aprender a discriminar, sin olvidar que todos somos responsables de a qué atendemos y a qué no”.

 

Financiación

Detrás de la ciencia y de su divulgación en nuestro país siempre aparece el triste y realista tópico de la escasa financiación, muy alejada de la media europea. Morales, por ejemplo, tiene claro que si se destina más dinero a unidades específicas de divulgación, esta sería mucho mejor, lo que evidencia que la financiación importa para hacer que la ciencia esté presente.

 

Seara cree que la financiación es un concepto que retroalimenta a los buenos proyectos, porque “los que han tenido buena divulgación también han tenido muy buena financiación, como Atapuerca, por ejemplo”. Muchas veces él mismo ha puesto de ejemplo un ficticio programa de radio con 100.000 oyentes, en el que llama a una investigadora como Gómez-Lucía en el intermedio de un partido Madrid-Barça y se convierte en “una ventana que es buena para los periodistas, para alimentarse de contenidos, pero también para los científicos, porque pueden poner de relieve la necesidad de más financiación entre un público mucho más amplio, y que así la idea cale en la sociedad”.

 

Mientras no exista una presión de la opinión pública, los gobiernos no harán nada para alcanzar ese soñado, aunque escueto, 2%, y como reconoce Torrente, lo ideal sería “tener una planificación a largo plazo, más allá de los programas que presentan los partidos políticos, y hay que hacer entender que el dinero que no se dedica a la ciencia se tira a paladas por encima de la frontera”.

 

Para Villalba, además está el problema añadido de que “al restringir la financiación se deja sin financiar a gente con proyectos de investigación muy dignos, con una gran labor docente e investigadora, y eso es un error porque se pierde masa crítica entre los propios científicos, y eso es terrible para la ciencia en sí. Tiene que cambiar la situación si queremos que la ciencia ocupe, de verdad, una portada entre la sociedad”.

 

Bautista recuerda que “la universidad no tiene, por parte del gobierno, un presupuesto para investigación y es en las universidades donde se forma a todos los que estarán en centros de investigación y empresas, y sin esos fondos básicos es muy difícil que se consiga elevar el nivel de toda la sociedad. Un Messi no sale si no hay un entorno adecuado para jugar al juego de la ciencia”. En relación con esto, Seara comenta los muchos lamentos mediáticos que ha habido porque a Francis Mojica no le hayan dado el Nobel por la técnica del CRISPR, pero “pero pocos han recordado que durante muchos años se quedó sin proyecto científico”.

 

Resumiendo todo lo anterior, y mirando al futuro, los participantes en el encuentro concluyen que es fundamental una mejor formación entre los periodistas y lograr que la sociedad quiera consumir ciencia. Luis Felipe Torrente concluye que con la ciencia y su divulgación habría que hacer algo parecido a lo que han hecho los virus, que forman parte de la evolución de la vida sobre la Tierra, que no es no otra cosa que “expandirse con una capacidad vírica de difusión”.