INVESTIGACIÓN

Taller sobre hongos en la Facultad de Biológicas /Fotografía: J. de Miguel

La gran noche de la ciencia complutense: saludable, sostenible y presencial

Texto: Ana Casado, María Milán y María Marín / Unidad de Cultura Científica y de la Innovación, Fotografía: Jesús de Miguel y UCC - 27 sep 2021 14:02 CET

Había muchas ganas. Inmensas. De volver a abrir los laboratorios, de llenar aulas, recibir a los más pequeños y de acabar agotados un viernes a las nueve de la noche. Tras más de un año y medio con actividades presenciales prácticamente anuladas, la vacunación y el descenso de contagios han hecho posible dar la bienvenida al público presencial en la Noche Europea de los Investigadores e Investigadoras en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Porque la ciencia está más viva que nunca y así lo hemos demostrado en las ocho actividades que han homenajeado a las frutas y verduras en su año internacional.

 

Martín, de 8 años, asegura que de la ciencia le gusta “toda entera” y que quiere dedicarse a ella. Por eso, cuando los laboratorios de Microbiología de la Facultad de Ciencias Biológicas abren sus puertas, corre a toda prisa con ilusión ante la atenta mirada de Raquel, su madre. “Venimos para que sacie su curiosidad”, explica. Es viernes, 14:30 horas y podrían estar en cualquier otro lugar. Sin embargo, para ellos no puede haber mejor plan: la XII Noche Europea de los Investigadores e Investigadoras en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

 

“Me encanta este evento. Es importante llevar la ciencia a la sociedad, y que los niños vean que los científicos somos personas normales”, comenta ilusionada Jéssica Gil Serna, capitana de la actividad “Espejito, espejito, ¿qué riesgos ocultan las frutas de mi frutero?”. En 2020, debido a la pandemia de COVID-19, este taller se realizó de forma virtual, por eso la emoción de recibir a la veintena de asistentes se multiplica.

 

Unos asistentes que varían mucho entre ellos. Desde la pequeña Sara, la más benjamina del grupo, que con cuatro años y una vez perdida la vergüenza se atreve a manejar ella sola el microscopio, hasta José Antonio, técnico de laboratorio en la Facultad de Medicina de la UCM, preocupado por los problemas de una mala alimentación, pasando por Lucía, de once años, quien además de sentir especial interés por las ciencias naturales tenía mucha curiosidad por ver una universidad por dentro.

 

Esta actividad, la primera de la jornada, comienza con una breve sesión teórica sobre los hongos en los alimentos y cómo estos pueden provocar micotoxinas que dañan nuestra salud. “¿Qué hacemos si nos aparece moho en una manzana?”, pregunta Jéssica. “Cortar ese trozo y comernos el resto”, contestan Martín, Lucía y compañía. “Hacerlo es igual que comer la manzana envenenada de Blancanieves. Hay que tirar la fruta entera”, resuelve la bióloga, y a continuación ofrece consejos para conservar mejor los alimentos como el almacenaje.

 

Después, llega la mejor parte: ponerse la bata y meter las manos, con mucho cuidado, en la masa. Divididos en dos grupos –adultos y niños- Jéssica y su equipo de científicas integrado por Carolina, Marta, Belén, Covadonga y Clara les explican cómo extraer muestras de hongos para identificar la especie bajo el microscopio.

 

Con un celo cogen muestras de diferentes hongos en una placa Petri y lo pegan en un portaobjetos transparente al que previamente se le ha añadido una gota de azul de lactofenol, un tinte que permite “hacer una foto fija” del hongo. Al mirar bajo el microscopio, las caras de sorpresa son para enmarcar. “Mi favorito es el Rhizopus, nos comenta Martín mientras nos lo enseña. Sin duda, no olvidará este día y quizá en unos años sea él el que dirija un taller así.

 

Llevarse la ciencia al huerto

La duodécima edición de la noche científica más especial del año amanecía con previsiones de lluvia, lo que ponía en riesgo uno de los platos fuertes de este año en la UCM: la actividad al aire libre en el huerto didáctico de la Facultad de Educación- Centro de Formación del Profesorado.

 

El eje central de las ocho actividades organizadas ha sido el “Año Internacional de las Frutas y las Verduras”, declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas para el fomento de una dieta saludable y sostenible.

 

Esta celebración ha sido la excusa perfecta para dar a conocer un espacio tan especial en la universidad y por eso, Federico Morán, director de la Fundación para el Conocimiento madri+d no duda en acudir a inaugurarla junto a Margarita San Andrés, vicerrectora de Investigación y Transferencia, Coral González, vicedecana de Ordenación Académica de la Facultad de Educación y Mercedes Taravillo, directora de la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI).

 

A media tarde -y sin una gota de lluvia- comienza el taller al que acuden, acompañados de sus familias, quince niños de entre siete y once años. Divididos en los equipos tomate, plátano y zanahoria, corren eufóricos en una gymkhana donde el objetivo es conocer las partes de una planta. Además, juegan a adivinar qué semilla corresponde a cada planta y las siembran en macetas que se llevan a casa.

 

De catas va la noche

La teoría sobre las frutas y las verduras está muy bien, pero, ¿qué hay de su sabor? Conscientes de esto, algunas actividades incluyeron deliciosas catas para los asistentes.

 

En la Facultad de Veterinaria, “De la cepa a la mesa” se divide en dos estancias muy diferentes. En la dirigida por Isabel Cambero, siete niños y niñas prueban diferentes tipos de uva, hacen experimentos con levadura, diseccionan uvas para extraer tinta y terminan con una degustación de zumo de esta fruta. “A mí me gusta mucho esta actividad, yo quiero ser químico analítico”, tiene muy claro Valentín, con solo doce años.

 

En la sala de los adultos, más teórica, profesores de la facultad especializados en tecnología de los alimentos comienzan con una explicación de las variedades de uva y vinos que se producen en España, seguido de una degustación y una charla sobre el proceso de producción del vino desde la vendimia hasta que lo adquirimos en la tienda. “Los vinos han cambiado radicalmente en los últimos años gracias a la tecnología y al conocimiento”, señalan los investigadores. ¿El premio final? La cata de dos vinos tintos y tres blancos, con sus correspondientes fases visuales, olfativas y gustativas.

 

Simultáneamente, en la Facultad de Farmacia, un público en su mayoría adolescente descubre la importancia de los vegetales en la dieta sostenible. Aquí se desarrollan dos talleres. El primero, una cata de frutos rojos como fresas o frambuesas sobre las que rellenarán un formulario acerca del bienestar que les produce y si les gusta o no lo que experimenta su paladar. El segundo es una exposición de trabajos e investigaciones que desarrolla el grupo ALIMNOVA, dirigido por Montaña Cámara, artífice de esta actividad.

 

Además de saborear, el público se lleva grandes aprendizajes de este grupo de alimentos al que a veces no le damos la importancia que se merecen. En el taller dedicado al Año Internacional en la Facultad de Farmacia, los más pequeños diseñan su gorro de cocineros, conocen la pirámide de los alimentos y moldean su frutero con plastilina.

 

Muy cerca de allí, en la Facultad de Medicina, se desmontan tópicos como la desaparición de las vitaminas si no nos bebemos el zumo recién exprimido o si el tomate es fruta o verdura, así como se explica la correcta lectura del etiquetado de los alimentos.

 

Aprendizaje virtual, los nuevos beneficios

Si algo bueno ha traído esta pandemia es a sacar lo mejor de cada situación y a quedarnos con ello. El año pasado, durante la Semana de la Ciencia, el popular taller “Cocina como un romano” de la Facultad de Filología se hizo de manera virtual, reportando más éxito que en presencial. Por eso, Marta Cruz y Patricia Cañizares decidieron repetir en el entorno virtual.

 

Unos días previos al viernes, el cónsul Coccus Maximus escribía a los asistentes para invitarles a un banquete romano que se retransmitiría en directo en la cuenta de Instagram @martalamagistra, junto a una lista de la compra para que pudiesen ponerlo en práctica a la vez.

 

A una introducción teórica sobre alimentos en la antigua Roma, la localización de estos en la Península Ibérica, los mercados donde se adquirían, la distribución de las cocinas y las peculiaridades de los instrumentos y de la propia sociedad romana, le sigue el cocinado del menú, compuesto por una salsa de aceitunas verdes y negras, un pan de queso, calabaza a la alejandrina, mejillones, plato de peras y dátiles rellenos. ¡Menudo banquete! El público conectado al directo, en ocasiones más de sesenta personas, disfrutó de la simpatía de las cocineras.

 

La OTRI también aprovecho la virtualidad para recoger, en una exposición alojada en su página web, trabajos de diferentes grupos de investigación de la UCM y la transferencia del conocimiento en las diferentes vertientes que gestiona esta oficina: patentes, modelos de utilidad, contratos con empresas, catálogo de transferencia o noticias en medios de comunicación.

 

Un año más, se demuestra que la ciencia tiene mucho que contarle a una sociedad cada vez más dispuesta a escucharla, sobre todo ahora que por fin ha calado que sin ciencia no hay futuro para la humanidad.