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El politólogo Cas Mudde disecciona los diferentes tipos de sexismos que impregnan a la extrema derecha
Texto: Jaime Fernández, Fotografía: J. F. y Francisco Rivas - 8 jul 2026 17:22 CET
Los movimientos de extrema derecha que se extienden por todo el planeta en esta tercera década del siglo XXI comparten algunos elementos, pero también divergen en otros, como por ejemplo en la figura de su líder, que puede ir desde un personaje que representa al “típico macho, como Donald Trump”, hasta Tom Van Grieken, líder del partido de extrema derecha de Flandes, que tiene pinta de ser “el estudiante ideal y el yerno perfecto”, e incluso mujeres como Giorgia Meloni. Tampoco es igual su acercamiento a una postura sexista, como ha aclarado el político Cas Mudde en la conferencia extraordinaria que ha impartido en los Cursos de Verano de San Lorenzo de El Escorial, en el marco del curso “Masculinidades a debate: respuestas feministas ante un tiempo nuevo”.
Explica Cas Mudde que existen varios tipos de sexismo: el benevolente, el hostil, el ambivalente, el misógino y uno denominado “femonacionalismo”. Según el conferenciante, está extendida la idea de que toda la extrema derecha comparte el mismo tipo de sexismo y de masculinidad, pero en realidad “la propia masculinidad es cultural y lo que se considera masculino es diferente en España y en los Países Bajos, e incluso difiere en diferentes subculturas”.
El más tradicional de esos sexismos que impregna la extrema derecha es uno que se puede denominar benevolente, que considera a las mujeres como seres más débiles, pero moralmente puras. En este tipo de comportamiento se ve a las mujeres, fundamentalmente como madres que deben criar a sus hijos, porque al ser buenas per se no comparten elementos bárbaros que tienen los hombres. Este es un ejemplo claro de la familia tradicional y patriarcal en la que el hombre cumple el papel de “protector de la familia, con la responsabilidad de proteger a la esposa y a las hijas”.
El sexismo hostil, por el contrario, ve a las mujeres como esencialmente malignas, corruptas, controladoras y manipuladoras, y específicamente “controlan a los hombres a través de la sexualidad y el feminismo”. Frente a eso, el hombre de extrema derecha considera que él es quien debe imponer la ley, porque “es el garante del orden natural y se asegura de que las mujeres conozcan su lugar y lo mantengan”.
El sexismo ambivalente incluiría elementos de estos dos anteriores, y según Mudde es el más habitual en los diferentes movimientos de extrema derecha. En este caso, la masculinidad asociada se asemeja más a la del “padre estricto, que recompensa a las mujeres cuando cumplen con las funciones que se les asigna, que son los de hija cariñosa, esposa amorosa y buena madre”.
En cuanto a la misoginia, Mudde no la interpreta tanto como odio a las mujeres, sino como “una forma de que los hombres mantengan a las mujeres en su lugar, y por lo tanto, no es odio específicamente, sino un rechazo a que las mujeres se muevan más allá de los espacios que se supone que ocupan”. Desde esta perspectiva los hombres son vistos como enemigos, pero también como víctimas, como en el caso de los incel (los célibes involuntarios), que se perciben a sí mismos como víctimas, “y en cierto sentido, más débiles que las mujeres, lo que es un elemento peligroso porque puede hacer que las mujeres se conviertan en blancos legítimos de violencia”. Aclara Mudde que eso no quiere decir que en otros tipos de sexismo, como el benevolente o el ambivalente, no existe esa violencia contra las mujeres, “porque existe una correlación bastante clara entre los líderes de extrema derecha y la violencia doméstica”, pero se exacerba en los casos de este tipo de sexismo misógino.
El “femonacionalismo” es una forma peculiar de sexismo, que se da en mayor medida en los países del norte de Europa y que en cierta manera se apropia del feminismo, porque sostiene que la igualdad de género forma parte de la cultura nacional y, como tal, debe protegerse de las amenazas externas. Esto significa, de acuerdo con Mudde, que "los femonacionalistas no solo serán islamófobos porque los musulmanes amenazan a nuestras mujeres, sino porque, supuestamente, también amenazan la igualdad de género". Una igualdad de género que en este sexismo pierde su carácter feminista y adquiere un valor nacional. En este sexismo, donde el conferenciante no enmarca a la extrema derecha de Vox, el hombre se ve a sí mismo como el protector de una nación pura, donde el mestizaje debe ser erradicado para que esa nación ancestral y mitológica exista y siga existiendo en el futuro.
Ha concluido su intervención Mudde con la incorporación de un nuevo sexismo, denominado moderno, que considera el principal desafío, porque “es evidente que se trata de algo más extendido entre los hombres jóvenes, no necesariamente entre la mayoría, pero sí entre una parte considerable”. Este sexismo supone una negación de los prejuicios de género y un antifeminismo, argumentando que la igualdad de género ya se ha alcanzado y no se necesita el feminismo. Consideran estos jóvenes que de hecho el sistema “ya funciona para las mujeres” y les hace sentir así el hecho de que sean las mujeres quienes obtienen mejores resultados académicos e incluso mejores trabajos al salir de la universidad.
Los que piensan así, según el conferenciante, son chicos de entre 18 y 25 años que todavía no han experimentado la realidad y creen que las mujeres lo tienen todo, sin entender realmente que “este sigue siendo un mundo de hombres donde las mujeres tienen la penalización por maternidad, por ejemplo”.
Añade, por último, que esos jóvenes no votan más por los partidos de extrema derecha que otros hombres de otras generaciones, aunque es cierto que no tienen inconveniente en cambiar su voto de un partido conservador a uno extremista, mientras que las jóvenes sí votan más a partidos de izquierda que sus madres y abuelas. Lo que ocurre, y en parte puede explicar los resultados electorales en el mundo, es que a la hora de votar, las mujeres lo hacen menos que los hombres y eso inclina la balanza hacia esa creciente extrema derecha.
