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Lucía Megías posa ante el dibujo de Cervantes realizado por Forges, instalado a la entrada del Edificio D de Filología

José Manuel Lucía Megías, catedrático de Filología Románica: “Somos un país muy quijotesco y muy poco cervantino”

Texto: Alberto Martín, Fotografía: Jesús de Miguel - 27 oct 2020 14:37 CET

Puede sonar a exageración pero hablar en la Complutense de literatura, de libros, de escritores, de poetas, de actividades relacionadas con la escritura, con su difusión, con su celebración… es desde hace ya muchos años hablar también de José Manuel Lucía Megías. Catedrático de Filología Románica, poeta, ensayista, autor teatral, gestor cultural, vicedecano casi perenne de Cultura y Biblioteca de su Facultad, presidente de honor de la Asociación de Cervantistas, secretario de la Asociación Amigos de José Luis Sampedro… Y todo ello, que quizá es lo más importante, siempre con una sonrisa en su cara.

 

Nació en Ibiza porque, como cuenta, allí fue su padre a trabajar en la ampliación del puerto, pero en realidad sus raíces son segovianas y extremeñas, aunque su vida siempre ha transcurrido en Madrid y sus alrededores. “Soy un prototipo de migrante español, de la segunda generación de migrantes, que hay que reivindicarla también. Madrid para mí es una ciudad de acogida. Mis lugares de formación, de infancia, son Las Matas, Las Rozas y luego ya de juventud, Alcalá de Henares. Me he movido siempre alrededor de Madrid, pero Madrid siempre ha estado ahí”.

 

- ¿Cuándo sitúas tu vocación literaria?

- Desde niño. Realmente soy de esos niños insoportables y repelentes que con 12 años decían: “Yo estoy escribiendo una obra de teatro”. Y efectivamente, las escribía. Recientemente he encontrado en mi casa de Segovia obras de teatro que escribí con 12 y 14 años. Siempre me ha gustado mucho la literatura, pero curiosamente a mí lo que más me gustaba cuando estudiaba el bachillerato, el BUP y el COU de entonces, eran las matemáticas. Realmente mi pasión eran las matemáticas. Pero la literatura seguía ahí y cuando ya en segundo de BUP había que elegir si ya uno se iba a ciencias o a letras, al final me pudo la literatura. Y estoy contentísimo de haber hecho la carrera literaria y, bueno, dedicarme a la literatura.

 

- ¿Qué querías ser profesor o escritor?

- Yo quería ser profesor. Eso lo tenía clarísimo.

 

- Porque vivir de escritor es imposible, claro…

- [Risas] Bueno, también por eso. Tenía los pies en el suelo [Más risas]. Yo creo que es malo tener la profesión de escritor. Escribir como profesión creo que tampoco es positivo. Poder vivir de la literatura es maravilloso, pero convertirla en una profesión… Yo quería enseñar y, además, tenía claro que yo quería enseñar en la universidad, quería enseñar a investigar. Tengo amigos y gente muy cercana en institutos y yo no me veía en ese mundo del instituto, donde también tienes que estar formando a las personas como ciudadanos. Yo quería ya más esa parte intelectual. Y lo tenía claro y me dedique a eso. Estudié Filología para dedicarme a ser profesor. Y lo curioso es que yo quería trabajar en Literatura Contemporánea. Tenía claro que mi campo era la poesía contemporánea hasta que llegué en primero de carrera en Filología y de pronto me deslumbró la Edad Media y la literatura románica y toda la literatura medieval europea. Y, de repente, dije: “No, no, no, ¿cómo voy a entender la poesía contemporánea si no he estudiado ni comprendo la base de nuestra cultura y nuestra literatura que está en la Edad Media?” Entonces ahí es cuando me dediqué a estudiar y a hacer esa parte de mi carrera de profesional ya como filólogo dedicado al mundo de la filología románica, de la que he terminado siendo catedrático en la Complutense, ni más ni menos [Más risas]

 

- ¿Cómo te gusta presentarte cuando llegas a un sitio de nuevas: escritor, poeta, profesor…?

- Me es complicado, es verdad. Por un lado, soy la profesión. Yo soy un profesor y además me gusta muchísimo esa parte de comunicar. Pero, claro, tampoco la profesión nos define como personas; no lo que hacemos en un momento dado es lo que somos. Pero también decir que soy escritor no me define el conjunto. También soy gestor cultural. La parte de gestionar, hacer actividades y de promocionar y difundir la literatura, el arte o la cultura, también está. O sea que nada, al final digo que soy un optimista pesimista [Risas], que me permite sobrevivir.

 

- Eres poeta, has publicado más de una treintena de poemarios, pero tu obsesión es Cervantes. Explícalo.

- Mi lugar de llegada ha sido Cervantes. Realmente yo empiezo con la poesía contemporánea, de ahí me paso al siglo XII, lo que es el mundo de los trovadores y luego también el mundo artúrico del siglo XII francés y luego a los libros de caballerías ya del XV y sobre todo del XVI y del XVII. Ese era mi campo de trabajo y luego paralelamente las humanidades digitales, que formaba digamos como un salto hacia el siglo XXI. Cervantes estaba ahí porque siempre está ahí. Es el clásico y El Quijote está ahí, y de pronto me fue atrayendo. Al final como buen Alonso Quijano, no sé si enloquecido por los libros de caballerías [risas] he terminado en El Quijote y luego en Cervantes casi de una manera casual. Y  sí, como dices, se ha convertido en verdaderamente una obsesión, en algo que vertebra mi vida y, sobre todo, en algo que me parece muy importante, que es la posibilidad de convertir este conocimiento en un valor social, que no todos los autores y no todas las obras te lo permiten. Yo por eso defiendo mucho ahora lo que es el cervantismo social o el cervantismo creativo, que en un momento dado es también un puente entre la universidad y la sociedad, que creo que también es fundamental volver otra vez a tenerlo.

 

- No lo dejes ahí: ¿qué tenemos que aprender de Cervantes aún hoy?

- Cervantes, para mí, lo primero que nos enseña es una parte literaria, una parte de escritura, de cómo escribir, de cómo en un momento dado hay toda una obra que seguimos moviéndola y estudiándola y todavía tiene tantos secretos y tantos desafíos, que es impresionante después de 400 años. Pero al mismo tiempo, también tiene una vida que nos enseña un determinado modelo de cómo posicionarte ante la sociedad y, sobre todo, ante las circunstancias adversas. Es un ejemplo de la propia ironía del destino y de la vida, de que cuando uno piensa que va por el camino adecuado, de pronto la vida al cabo del tiempo te da la vuelta y aquello que parecía una cosa marginal termina siendo una cosa central. Para él, El Quijote era un libro secundario dentro de su obra y ha terminado siendo la obra fundamental en nuestra cultura occidental. Eso también es una enseñanza de vida, no empeñarte en la soberbia de creer que tú tienes la razón o que puedes en un momento dado marcar el camino. Y luego ya como enseñanza de sociedad, su personaje sobre todo, El Quijote, y su obra, para mí tiene un valor fundamental hoy en día, que es que te enseña el poder del diálogo. Es un ejemplo tangible de que el diálogo es algo que nos permite seguir avanzando y mejorar, como ciudadanía, como sociedad, como país, etcétera. Y sobre todo, nos enseña que el diálogo no es hablar; es saber escuchar. Que dialogar realmente es estar escuchando al otro y ese otro cuanto más diferente sea también puede enriquecernos más. No solamente dialogar y escuchar a aquel que te va a decir lo mismo que tú piensas, sino escuchar a aquel que te dice otros puntos de vista. Como sociedad si pensáramos que aquel que piensa diferente o es diferente o tiene unas creencias diferentes o una forma de entender el mundo diferente, nos está enriqueciendo y nosotros a su vez le podemos enriquecer a él, porque somos los otros frente a lo que nos está diciendo, pues seguramente estaríamos creando una sociedad con unos valores mucho más positivos.

 

- Qué paradoja que el país de Cervantes sea tan poco cervantino…

- Somos un país muy quijotesco y muy poco cervantino. Deberíamos ser más cervantinos, porque en el fondo ¿qué es lo que hace Don Quijote? Al final, cuando se mete en su obsesión, porque Don Quijote es un sabio hasta que no le hablan de los libros de caballerías y de ser un caballero andante, no escucha a nadie. El propio Sancho Panza, que tanto le enseña y él tanto aprende de las conversaciones con Don Quijote, cuando entra la locura queda en silencio. Y realmente en este mundo, y sobre todo en estos últimos años, vivimos en una sociedad cada vez, no más quijotesca, sino cada vez más enloquecidamente quijotesca, que es lo peor, porque al final creemos que todos tenemos la razón. Nos hemos parado en la razón única: yo tengo la razón, ¿qué me quieres contar? Así no hay posibilidad de establecer un diálogo.

 

- ¿Te ha cambiado mucho tu forma de ser este contacto tan estrecho, tan íntimo, con Cervantes?

- La verdad es que sí. Mira, me pasó ya con la tesis. Yo hice la tesis del Libro del Caballero Cifar, que es un texto castellano de caballerías del siglo XIV, y es un texto que tiene una parte central, que es lo que se llamaban los castigos del rey de Mentón, que son consejos que da el padre a sus hijos de cómo gobernar. Y muchos de esos consejos yo me di cuenta con el tiempo de que de tanto estudiarlos se habían convertido en parte de mi forma de entender el mundo y sobre todo la justicia. Y ahora me ha pasado, no voy a decir en la vejez, pero sí en la madurez, con Cervantes.

 

- En tu edad de oro.

- [Risas] Eso es, en mi edad de oro. Después de estar diez años estudiando Cervantes, ver todo ese mundo de la ironía, te va influyendo de manera inconsciente, te va quedando. Y, sobre todo, esa idea que me encanta de Cervantes de la dicotomía del centro y los márgenes. Parece que vivimos también en una sociedad de los likes, de la exposición personal, que o estás en el centro o no eres nadie. O tienes millones de seguidores o si no no sabes escribir o no sabes hacer nada en tu vida… Y cómo te das cuenta de que realmente cuanta más libertad tienes, cuando realmente eres tú y puedes llegar a ser tú, es cuando vives en los márgenes, cuando no hay un foco que te esté iluminando. Es un foco dictatorial, porque te ilumina pero si tú te quieres cambiar de lugar, el foco no te acompaña; eres tú el que se queda totalmente en la penumbra, con lo que al final necesitas estar siempre en el foco, siempre en el centro y para eso tienes que dejar de ser tú mismo.

 

- ¿Ahí es donde encaja la poesía en tu vida?

- Sí, ahí puede encajar precisamente la poesía. Sí, sí, sin duda, tienes razón. Porque además para mí la poesía tiene ese elemento de comunicación. Por ejemplo, este año que le han dado el Premio Princesa de Asturias a Ane Carson, que es una filóloga clásica y que escribe poesía, ella dice que no hay diferencia cuando está escribiendo un poema o cuando está escribiendo un artículo. Yo me he sentido muy identificado. Realmente todo forma parte de un conjunto. Mi forma de entender las clases al final también es mi forma de entender la investigación y es mi forma de entender la literatura. No entiendo una literatura que no comunique. Igual que no entiendo una clase que no comunique y que realmente haga cambiar algo a los estudiantes que tengas delante. O no entiendo una actividad que organicemos que no llegue a un público. Todo lo que quede simplemente en algo personal propio me parece que no forma parte de ese universo en el que yo quiero estar instalado.

 

- Una pregunta de esas que se hacen a los escritores: ¿Cómo será tu libro perfecto, ese con el que sueñas?

- Lo dice Mario Vargas Llosa cuando le preguntan qué le falta por escribir: “Me falta escribir mi novela. Todo lo que estoy haciendo son preparativos para esa gran novela que todavía me queda por escribir”. Y bueno, realmente al final uno se da cuenta de que está continuamente reescribiéndose. De que aunque los libros sean muy diferentes al final te das cuenta de que siempre hay una línea que te va reescribiendo y vas volviendo a los mismos temas que te interesan. Ahora a mí como escritor lo que me apasiona es salir de mi zona de confort. La poesía es una zona de confort, un lugar donde me siento cómodo, incluso me obligo a moverme en ese mundo, pero de pronto me digo: ahora no, ahora me obligo a escribir teatro…

 

- Y de hecho, lo has hecho. Háblanos de esa experiencia, de ese Cervantes y el juego de la oca, que has estrenado hace muy poco precisamente en Alcalá de Henares,

- Ha sido una experiencia maravillosa y que creo, además, que va a tener continuidad. Ha sido esa mezcla de sociedad, de conocimiento, universidad, cultura. A partir de los tres tomos de mi biografía de Cervantes, con Ricard Borrás, que es un actor y director catalán, decidimos convertirlo en una obra de teatro y ahí salió Cervantes y el juego de la oca. Al principio mi posición era más la del estudioso que controlaba que aquello que se dijera en la obra de teatro fuera un poco aquello que estuviera más cercano, porque siempre se juega con la ficción, a aquello que ya sabemos de Cervantes. Pero poco a poco yo me fui metiendo con Ricard y en realidad hemos escrito la obra a cuatro manos. Para mi el teatro es… Empecé, como decía antes, escribiendo teatro cuando tenía 12 años sin saber bien lo que era. El teatro es algo que siempre me ha fascinado porque es la comunicación directa, el arte se hace vida en el mismo momento para todos aquellos que están en el teatro. Para mí, que la literatura es comunicación, el teatro es lo máximo. Es el momento en el que realmente la obra vive, no porque alguien la ha escrito sino porque se ha representado en ese momento. Al día siguiente es una obra diferente aunque sea el mismo texto, los mismos actores… Hay otra magia, el público tiene otra reacción… Tener la posibilidad de escribir una obra sobre Cervantes y estrenarlo en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares… Que te voy a decir, es como la carta a los Reyes Magos.

 

- ¿Cuándo la podemos volver a ver?

- Estuvo dos día en Alcalá, ahora va a Hospitalet y en diciembre a Esquivias, pero sobre todo va a tener un desarrollo como obra a partir de abril o mayo del año que viene, cuando las circunstancias sean mejores.

 

- La última. Aunque también te gusta hablar de tu libro, claro, siempre me ha sorprendido que más que del tuyo de los que te gusta hablar sea de los libros de los demás…

- Tiene que ver con la comunicación. Cuando conozco a un autor que me gusta, me encanta difundirlo porque creo que es muy bonito poder compartir lo que a uno le gusta y le entusiasma. Y lo mismo, ser canal de gente que a lo mejor tiene dificultad de que se conozca su obra o que no sabe en un momento dado cómo difundirla o que tiene una idea y de pronto no sabe como canalizarla… Me encanta ser puente. La imagen del puente es algo que me encanta. Ser puente. Al final, enriqueces y te sientes muy enriquecido. Esas personas que solamente se miran a sí mismas, se hablan a sí mismas, se escuchan a sí mismas… Pues pueden ser genios, y muchos pueden serlo aunque no la mayoría, pero no se enriquecen porque en el fondo no hay posibilidad de seguir avanzando. Y la vida no es más que eso: avanzar, equivocarse y seguir con un nuevo proyecto. Por eso la parte de la gestión me encanta. Me encanta ver los paraninfos llenos, pero también actividades en las que puede haber cinco personas. No importa, porque la pasión que se ha puesto en organizarla, todo lo que se ha aprendido en el proceso, todo lo que ha sido un desafío que se ha superado… Creo que la universidad tiene en ese sentido una responsabilidad. Si soy profesor universitario de una universidad pública, no es porque no quiera serlo en otro lado, sino porque quiero serlo de una universidad pública. Creo que el servicio público es algo fundamental para seguir creciendo como sociedad y yo quiero formar parte de ese crecimiento.

 

- Has dejado un final de entrevista perfecto...

- Lo he dejado niquelado. [Risas y más risas]