Nazario Martín, en la conferencia de clausura de los Cursos de Verano de la UCM de 2021

¿Cómo se aprende a ser profesor en la universidad? Unas reflexiones

Texto: Nazario Martín - 9 dic 2022 09:31 CET

En la entrada de alguna universidad alemana se puede leer el lema lernen zum lehren, “aprender para enseñar”, una frase muy simple pero que resume de manera precisa el cometido de la universidad y la función de todo miembro docente dispuesto a trabajar por y para ella. Implica, igualmente, a los agentes fundamentales de la universidad, el profesorado y los estudiantes que, naturalmente, configuran necesariamente las dos caras de la moneda que es la universidad.

 

Actualmente los jóvenes que terminan sus grados y se sienten atraídos por el mundo universitario, se enfrentan a una carrera investigadora que está llena de obstáculos que deben de ser vencidos. En primer lugar, es imperativo tener el título de doctor para poder ejercer la docencia y, por tanto, llegar a ser profesor en la universidad. Esto normalmente no es tan simple y requiere no solo dedicar unos años a la labor de investigación y escritura de una tesis doctoral, sino que, también, debe de ir seguido de una estancia, hoy mínima de dos años, en un centro de investigación, preferiblemente extranjero y de reconocido prestigio internacional. Es preciso llamar la atención sobre la enorme importancia de estas dos etapas en la formación del futuro profesor o profesora de universidad, ya que de ellas depende, en gran medida, su tarjeta de presentación y por tanto su futuro ingreso como profesional en las diferentes universidades o centros de investigación de nuestro país.

 

Sin embargo, el motivo de este artículo se centra en un aspecto más concreto, de cómo se aprende a ser profesor en la universidad. Es evidente que la etapa en la formación de un profesor universitario referida anteriormente de tesis y estancia posdoctoral son críticas y, en muchos casos decisorias, para aprender esta profesión, si se puede llamar así. Sin embargo, es preciso construir la etapa del auténtico magisterio sobre unos cimientos sólidos, es decir, la implicación en la vida universitaria y el trabajo activo por y para la universidad. Es preciso ir creando un proyecto de futuro donde el “aprender para enseñar” se haga realidad, es decir, donde la universidad sea un centro de creación de ideas y de conocimiento activo; el faro de la sociedad que ilumina los cambios sociales que deben producirse para llegar a una sociedad más avanzada donde la vida de los ciudadanos sea mejor y la igualdad social una realidad.

 

Lo “aprendido” debe de transferirse a la otra cara de la moneda que son los alumnos. Esta fase del magisterio no es sencilla en absoluto y es esencial la consideración que los profesores debemos de tener hacia nuestros alumnos como parte fundamental de nuestra dedicación universitaria. En este punto, siempre me ha llamado la atención el hecho de que en los repartos docentes de los departamentos se refiera, quizás por tradición, a la “carga” docente y la “labor” investigadora. Aunque es evidente que la tarea docente no es una carga para el profesorado, en general, y que en mi experiencia considero que nuestras universidades cuentan con un profesorado comprometido con su labor. En este punto, me gustaría añadir un comentario sobre la actualmente menos considerada “lección magistral” (lectio, en el sentido de lectura de los textos) que considero parte fundamental del proceso de enseñanza y aprendizaje, y que no está reñida con el implicar a los alumnos en este proceso mediante el uso de técnicas y metodologías modernas. Todos recordamos las clases impartidas de forma “magistral” por algunos de nuestros profesores.

 

La investigación en la universidad es una necesidad inherente a su existencia. Es importante tener claro que actualmente el prestigio de una universidad se mide, en gran parte, por la calidad y éxito de su investigación. Es más, las universidades deben competir por esta calidad con los institutos de reciente creación en nuestro país, que están apostando de manera decidida por una investigación competitiva que, a su vez, está generando importantes ingresos no solo de financiación regional o nacional sino, más importante, de las enormes posibilidades que supone la financiación que proviene de Europa. En este sentido, y con los matices necesarios, los proyectos del European Research Council (ERC) son sinónimo de calidad basada en la evaluación y la competitividad, aspectos estos fundamentales para una ciencia de calidad que sea homologable a nivel internacional. Pero, además, una investigación de calidad debe reportar beneficios importantes para la universidad, hecho este que viene sucediendo ya desde hace siglos. Baste citar la frase de Paul von Fuchs, quien en la ceremonia inaugural de la fundación de la universidad de Halle en 1694, hoy reconocida como la primera universidad moderna, se preguntaba: “¿Dónde se encuentra una nación que haya llegado a ser poderosa sin cultivar la ciencia?”.

 

Después de una larga experiencia como profesor e investigador en la universidad, considero que este escrito no es, siquiera, la punta del enorme iceberg que es el aprender a ser profesor en la universidad. En este sentido, no quisiera terminar sin introducir un matiz importante en el aspecto tanto personal como global, el de la crítica constructiva como elemento catalizador de los procesos que conllevan la vida universitaria. Quizás, como guía para las jóvenes generaciones presentes y venideras que consideren que dedicar su vida a la universidad es algo fascinante y altamente gratificador, deberían de tener siempre presente la célebre frase de José Ortega y Gasset: “siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”.

 

Nazario Martín es catedrático de Química en la Universidad Complutense de Madrid y director adjunto del Instituto IMDEA-Nanociencia de la Comunidad de Madrid