Ilustración: Montse Canadell

¿Existe el Antropoceno?

Texto: Ana María Alonso Zarza, Ilustración: Montse Canadell - 12 may 2021 00:00 CET

El concepto Antropoceno nació a comienzos de este siglo, de la mano del Premio Nobel de Química Paul Crutzen, y comenzó a ser considerado estratigráficamente en el año 2008 tras una publicación liderada por el geólogo Jan Zalasiewicz. La idea que se esconde detrás de ese concepto es que, a partir de algún momento del pasado siglo, las tasas de los cambios ambientales causados por la humanidad han sobrepasado las de los procesos naturales geológicos y biológicos. Pero, ¿existe realmente?

 

El Antropoceno se describe como un periodo de tiempo en la historia de la Tierra que se caracteriza por alteraciones geológicas rápidas y profundas provocadas por las personas que lo habitamos. Estos cambios se registran tanto en los sedimentos como en el hielo, y eso permitiría señalar la diferencia geológica con la época anterior, el Holoceno, que empezó hace 11.700 años.

 

El artículo citado de Zalasiewicz ofrece una serie de datos cuantitativos que muestran que la actividad humana ha contribuido a acelerar la tasa de varios procesos geológicos, entre ellos la erosión y sedimentación debidas a la acción humana, que ya sobrepasan en un orden de magnitud la de todos los ríos del mundo. De hecho, se calcula que la producción anual de sedimentos antropogénicos es 24 veces superior que la tasa de sedimentos aportados por todos los ríos a los océanos.

 

Además, la actividad humana ha hecho que la subida del nivel del mar, que ha sido casi 0 en los últimos 7.000 años ahora haya pasado a 0,3 metros cada 100 años, cifra que se espera que se duplique hacia 2100. Otro cambio que ha tenido lugar en los océanos ha sido la modificación de su ph, que ha sido estable durante milenios, mientras que en la actualidad es 0,1 más ácido que hace solo un siglo.

 

Y, sin duda, uno de los efectos más conocidos de la actividad humana es que los niveles de CO2 atmosféricos son los más altos desde hace 4 millones de años.

 

Todos esos cambios ya han dejado su huella en el registro geológico, como por ejemplo los “minerales antropogénicos”, más correctamente denominados “compuestos inorgánicos cristalinos similares a minerales”. En la actualidad hay una enorme diversificación de estos minerales-producto que ha ido acompañada por el aumento en el tipo de rocas antropogénicas, como ladrillos, cerámicas u hormigón, a los que se unen los plásticos “mineraloides”. Todos ellos se encuentran ya en las rocas sedimentarias, en la superficie y ampliamente diseminados en los océanos.

 

En muy poco tiempo no sólo se están depositando nuevos sedimentos, de manera muy rápida, sino que además se están consolidando, se están cementando. Este proceso se conoce en geología como diagénesis, que es el conjunto de procesos que hacen que los sedimentos se endurezcan y se transformen en rocas.

 

Aparte de los efectos geológicos, también se pueden observar rastros del Antropoceno en la fauna del planeta, en lo que se conoce como “sexta extinción”. En la actualidad se pierden entre 11.000 y 58.000 especies anualmente, no sólo vertebrados, de los que al menos 322 especies se han extinguido desde 1500, sino también de invertebrados.

 

Un fenómeno global

Los cambios entre las distintas unidades de tiempo geológico se caracterizan por tener señales claras y diferenciadas que se pueden localizar a lo largo de toda la Tierra, referidas tanto a las condiciones geológicas y climáticas como a los seres vivos que habitan esa época determinada. Cada unidad de tiempo geológico tiene un límite inferior y un límite superior, y ambos deben tener un evento marcador, ya sea un tipo de fósil, una roca característica, o una señal geoquímica. La última característica que define a una época geológica es que el espesor de los sedimentos sea suficiente para hacerla claramente identificable.

 

Por lo tanto, para poder considerar el Antropoceno como una nueva época geológica nueva haría falta encontrar esas características. En cuanto a la globalidad del fenómeno uno de los marcadores del Antropoceno es el uso de los combustibles fósiles que han perturbado el ciclo de azufre, lo que se observa en el aumento del contenido en sulfato en el hielo glacial y además, han causado una distribución de cenizas como partículas carbonáceas de gran potencial de preservación.

 

Contaminantes orgánicos como los pesticidas organoclorados también se han diseminado ampliamente por la atmósfera, dejando residuos claramente detectables en estratos continentales (sedimentos lacustres), en el hielo glacial y en los sedimentos marinos.

 

De todos modos, la señal química más clara a nivel global es la de los radionucleidos artificiales que quedan como un pico de plutonio, cesio, americio y otros radioisótopos producidos por las pruebas de bombas atómicas o tras accidentes como los de Chernobyl y Fukushima y que se dispersan en la atmósfera. Esta dispersión comenzó con los ensayos de la bomba Trinity en 1945 y continuó con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.

 

Todo lo anterior ratifica que el Antropoceno posee una realidad geológica sólida, ya que sus estratos pueden correlacionarse globalmente, aunque sigue siendo un término en discusión por representar un periodo muy corto de tiempo, así como por la novedosa e inusual naturaleza de muchas de sus señales, asociadas a la actividad humana. Lo que parece evidente es que, aunque no tenga un reconocimiento formal se ha convertido en un término imprescindible para muchas comunidades, no solamente las científicas.

 

La inclusión del Antropoceno como una nueva época dentro de la Tabla Cronoestratigráfica Internacional está en manos de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas. El proceso de trabajo es lento y debe llevar los siguientes pasos:

 

- Una recomendación por parte del Grupo de Trabajo del Antropoceno (AWG) de la Comisión Estratigráfica Internacional.

 

- Voto por supermayoría (2/3) de la Comisión Internacional de Estratigrafía.

 

- Ratificación final por la IUGS, Unión Internacional de Ciencias Geológicas.

 

Posibilidad de cambio

El termino Antropoceno, que como hemos señalado sigue siendo informal desde el punto de vista científico, nos permite reflexionar sobre cuál es nuestro papel en el planeta y qué estamos haciendo. Sobre todo, porque por primera vez en la Historia somos capaces de ver cómo nuestra propia actividad está modificando, en tiempo real, el sistema tierra.

 

La geología se sitúa, por tanto, en un lugar de privilegio, no sólo como la ciencia que conoce el pasado, sino como ciencia para el futuro y la transición ecológica. Entender las dimensiones del tiempo geológico es la mayor y más simple contribución de la geología a la humanidad, ya que el tiempo no es importante en sí mismo, sino por sus enormes poderes de transformación, y este poder se ha acelerado en los últimos años.

 

El Antropoceno cuenta con la peculiaridad de que por primera vez en la Tierra la misma especie capaz de hacer modificaciones es también la única capaz de revertir el proceso. Un ejemplo claro lo encontramos en Lomo Morín, Tenerife, donde la actividad humana ha generado un paisaje de múltiples cascadas de agua que quedan petrificadas en pocos años, creando cambios que han aumentado la diversidad geológica y biológica de esa isla canaria.

 

Por efecto de las canalizaciones de los agricultores, en Lomo Morín se ha creado tanto una depuradora natural de agua, como un nuevo paisaje, un laboratorio natural que acelera procesos geológicos que tardarían miles de años en producirse para reducirlos a cuatro décadas, y un sumidero de CO2 comparable al ciclo global del carbono, que involucra fundamentalmente a calizas marinas.

 

Ana María Alonso Zarza es directora del CN-IGME (CSIC) y catedrática de la Facultad de Ciencias Geológicas de la UCM

 

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