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Antonio Muñoz Molina ha inaugurado el curso académico del Instituto Universitario Ortega y Gasset

Antonio Muñoz Molina abre el curso académico del Instituto Universitario Ortega y Gasset

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Jesús de Miguel - 20 oct 2020 10:52 CET

El escritor Antonio Muñoz Molina ha sido el encargado de leer la lección inaugural del curso académico del Instituto Universitario Ortega y Gasset, centro adscrito a la Universidad Complutense, y del que su director, Antonio López Vega, asegura que tiene, entre sus objetivos, “dotar a los estudiantes del sentido de la ética y la responsabilidad, especialmente en medio de la incertidumbre que nos rodea”.

 

También Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, presidente de la Fundación Ortega – Marañón, señaló que “vivimos una de las situaciones sociales más difíciles que ha conocido nuestra historia contemporánea, y en plena tormenta se requiere lo mejor de todos nosotros para poder superarlo”. El rector de la UCM, Joaquín Goyache, y actual presidente del patronato del Instituto Universitario Ortega y Gasset, destacó en sus palabras la decisión de los estudiantes, especialmente los que vienen de otros países, “por confiar en el Instituto y la Complutense en estos momentos tan difíciles”, y confío en que podamos lograr que esta “pandemia no profundice más en los desigualdades, iniquidad y falta de derechos”.

 

En el jardín de la Fundación Ortega – Marañón, y un tanto sorprendido por poder participar en un acto público en estos tiempos de pandemia, Antonio Muñoz Molina se mostró encantado de estar en el “epicentro de la cultura española, en el edificio que fue la Residencia de Señoritas, a un paso de la Residencia de Estudiantes, y cerca del Instituto Internacional de Miguel Ángel”. Confesó el escritor sentir emoción al mismo tiempo que atribulación, “porque el proyecto que dio lugar al nacimiento de este sitio y que impulsaron tanto Ortega como Marañón, ha quedado bastante abandonado porque ese impulso ya no está”.

 

Recordó el autor de La noche de los tiempos que “en aquel país tan atrasado, patriarcal y dominado por la iglesia fue posible aquello”, pero como decía Ortega, “España es un país de proyectos en ruinas, parece que hay continuidades que a veces se interrumpen, y una de las debilidades de nuestro sistema democrático, cultural y educativo es que no se reanudó tras 1977 la obsesión pedagógica e ilustrada que se manifestó en los proyectos educativos de la República, y que venía de antes, de la Institución Libre de Enseñanza y de la Junta para Ampliación de Estudios que impulsó el inmenso Ramón y Cajal”.

 

La generación de Muñoz Molina y la gente de su clase social fueron los beneficiarios de una parte de ese proyecto educativo, y eso le ha llevado a que un eje central en su trabajo como escritor y ciudadano sea entender el desarrollo de la vocación. En su afán por saber qué hace que las personas puedan o no mostrar para qué sirven y qué hace posible que podamos mejorar citó el libro Enemies of promise, de Cyril Connolly, en el que se habla de esos factores que hacen que se frustre la promesa de una vocación y que algo que prometía mucho se malogre. Esa reflexión la hace el conferenciante con muchas vueltas y le lleva a la importancia de “educarse en zigzag, aprendiendo aquí y allá”.

 

La relevancia de lo público

La educación pública es de interés colectivo, porque cuantas más capacidades se frustran, más se empobrece la sociedad”, asegura tajante Muñoz Molina. De acuerdo con él, “la injusticia social, la marginación y la exclusión son un atentado contra las personas que las sufren y un despilfarro para la sociedad. Para alcanzar un grado razonable de justicia social es fundamental una buena educación pública y unas buenas condiciones socioeconómicas”.

 

Antes de poder cultivar la vocación, hay que ofrecer al niño, en la escuela y la familia, un entorno tranquilo y saludable y para un “partidario apasionado de la instrucción púbica” es evidente que no estamos limitados, sobre todo teniendo en cuenta que “la naturaleza nos ha dotado de capacidades increíbles a estos simios que somos los humanos”.

 

En ese camino de conocimiento, “las ideologías y las religiones nos quieren imponer aprendizajes en línea recta”, y frente a ello, “la práctica del zigzag es el antídoto de estas rigideces, haciéndonos descubrir impulsos que son únicamente nuestros”. Tiene claro Muñoz Molina que “cada ser humano es un compuesto genético distinto y esa singularidad es la fuente inagotable de la que se alimenta la literatura”. Eso sí, las capacidades que se asocian a esa singularidad “necesitan bienestar y un sistema educativo riguroso y flexible que permita en cada caso un espacio único, una manera de ser irreductible, incluso rara, solitaria”.

 

Para el autor, “el compromiso con el trabajo intelectual y creativo es un compromiso ético y político, que no tiene sentido sin enseñanza pública y afecta a nuestra capacidad de convertir en oficio sostenible nuestra vocación. La política educativa y cultural han de estudiar las mejores condiciones para que cada uno tenga la posibilidad de descubrir en sí mismo la zona de su inteligencia y sensibilidad que les ubique en el mundo”.

 

Reconoce el autor de Tus pasos en la escalera que hay vocaciones e impulsos que logran sobreponerse a cualquier problema, como la de “Ramón y Cajal, que parece casi un milagro porque no había un país más árido y hostil al conocimiento que aquella España donde él surgió”. A pesar de eso, es evidente que ha habido y sigue habiendo muchas otras personas capaces que no han podido mostrar el rango de sus capacidades, por eso “la idea de que el genio, de un modo u otro siempre acaba brillando”, le parece al escritor un descaro cínico.

 

Aparte de la educación pública fundamental, “cada persona es un mundo y no hay artista que no sea autodidacta, porque el aprendizaje consiste en aprovechar todo lo que ha venido desde fuera”. Recuerda Muñoz Molina que en otras épocas, el desarrollo de la vocación estaba relacionado con la artesanía, saberes y quehaceres académicos, y los que aprendían esa educación académica eran los grandes rompedores, como Picasso o Stravinski, pero “la tradición de la ruptura lleva durando ya más de un siglo y cuando ya no hay tabús, la actitud canónica de rebeldía se queda sin objetivo. Cuando la transgresión se convierte en norma, transgredir es obedecer, para someterse a la ortodoxia de lo establecido”.

 

Conectar con la realidad

Algunas de sus colecciones de ensayos como El atrevimiento de mirar no dejan dudas sobre su pasión por el arte, pero a pesar de ello reivindica la conexión de la imaginación con el mundo real. En relación con esto, reconoce que le sorprende “la nimiedad que hay en mucho arte contemporáneo”, y lo achaca a la desconexión absoluta con la naturaleza. Afirma incluso que cuando ve “arte trivial y prescindible es porque los artistas no saben mirar una hoja, un árbol o la estructura de una célula”.

 

Cree, por tanto, que “para encontrar la voz propia hay que buscar esa voz en la realidad y no sólo en los libros. El mundo está lleno de historias para quien se fija y pone el oído en la calle, en un bar o en un autobús. A escribir se aprende prestando atención al habla, a la realidad del mundo y a las otras artes”. Opina Muñoz Molina que eso es lo que hizo exactamente Marcel Proust en su novela En busca del tiempo perdido, que “trata de todo y donde las conexiones estallan como una malla neuronal, algo que también está en la música de Wagner y Brahms, en la fotografía de Brassaï, en la pintura de Paul Klee o en el zigzag, por ejemplo de Cajal, con todas las cosas que quiso ser en su vida, que le llevaron a un sentido estético que le influyó a la hora de ser mejor científico”.

 

Entre los escritores españoles esas conexiones entre las artes estallan con mayor dificultad, como lo muestra el hecho de que muchos de ellos reconozcan que no les interesa nada la música. Reconoce, de todos modos el conferenciante que hay excepciones como Benito Pérez Galdós o Federico García Lorca, que “estuvo a punto de dedicarse a una carrera de pianista antes de decidirse por la poesía, aunque el mundo verbal y sonoro de la canción popular está en su poesía, integrado de manera profunda”. En la Residencia de Estudiantes, Lorca coincidió con Dalí y Buñuel, y allí se unieron cine, literatura y pintura en el gran caldo de cultivo de las vanguardias europeas que supuso España.

 

Concluye Muñoz Molina que “un escritor puede aprender del pintor, del músico, del científico, del historiador, pero el aprendizaje exige un doble recorrido: concentración y expansión, salida y encierro, disciplina y abandono, irse por las raíces pero también irse por las ramas… Dicen los neurocientíficos que la conciencia es un estado de máxima conectividad entre regiones del cerebro muy alejadas entre sí, y también en eso consiste la creación, cualquiera que sea, y la simple y complicada plenitud de la vida”.

 

Coincide el rector Joaquín Goyache en que, “como decía también Ortega, es importante que la universidad se relacione con el entorno, con la sociedad, y nadie mejor que la UCM y este Instituto para dar salida y solución a los problemas. Problemas que en estos momentos no necesitan sólo una respuesta sanitaria, sino también en valores, en filosofía de la sociedad, hay que ser capaces de salir cuanto antes de esta maldita pandemia”.