Jaume Plensa, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense

Jaume Plensa: “Nací en una época tan gris, tan triste, tan dura, que mi gran obsesión era crear belleza”

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Jesús de Miguel - 16 may 2023 00:00 CET

Jaume Plensa es quizás el artista plástico español con más proyección en estos momentos. Su obra va desde los dibujos hasta la escenografía teatral y los grabados, pero se le reconoce, fundamentalmente, por sus grandes esculturas ubicadas en espacios abiertos en países de Europa, Asia, África y América. A pesar de su enorme repercusión, Plensa es un hombre humilde y cercano, como ha demostrado en la conferencia de clausura del I Congreso Internacional Arte y Contexto Social, que se ha celebrado en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense.

 

Desde la perspectiva de un artista consagrado, ¿cómo ve a los jóvenes estudiantes universitarios?

Es una pregunta muy interesante porque yo nunca los veo como estudiantes, a ninguno de los que están en una escuela de arte. Los veo simplemente como artistas que están en otro momento del camino, un poquito más al principio, pero en realidad estamos todos en el mismo camino.

 

¿Tendría algún consejo para que los jóvenes artistas lleguen hasta donde está usted hoy?

Yo ahí hablaría de lo que llamo “milagro”, que es algo que de pronto transforma tu vida sin saber muy bien la razón, porque hay un tiempo en que tal vez coincides con un momento histórico, con un gusto concreto, con algo que te hace entrar en esta especie de ritmo de trabajo, que ahora a mí me parece tan normal pero que cuando empezaba era como un sueño. Eso te conecta con toda una historia que creo que es súper interesante, y lo que me gustaría transmitir a los jóvenes es que es un camino muy divertido.

 

De todos modos, supongo que ese “milagro” no surge de la nada. ¿Cuánto influye el esfuerzo en lograrlo?

Ante esa pregunta muchos artistas hablarían de la inspiración, incluso Picasso decía que era mejor que te pillase trabajando si es que existía una inspiración, pero yo creo que el secreto, más que nada, es confiar en ti mismo. Cuando he dado clases en París en Bellas Artes y en Chicago en la School of the Art Institute, mi gran obsesión era dar entender al alumno que Io que tenía hacer es confiar en sí mismo. Me parece que el arte, si tiene alguna cualidad especial, es que todo el mundo puede estar equivocado menos tú, y creo que es el único oficio posible donde ocurre eso, lo que te da una seguridad en ti mismo extraordinaria, porque si al final resulta que estabas equivocado, pues fantástico, porque te equivocaste con tus propios errores no con los errores de otro.

 

¿Le gusta la docencia?

Creo que es una responsabilidad pasar el legado a los que vienen detrás, porque sólo hay una Historia del Arte, aunque tengo que reconocer que dar clases me resulta muy complicado con mi vida profesional, así que suelo dar conferencias, charlas, coloquios…, porque sí que me gusta el feedback con gente más joven que yo. Ellos tienen muchísima energía y yo tengo experiencia, así que creo que es un gran intercambio.

 

La obra en el espacio público

Esculturas como la Fuente Crown, de Chicago; el Alma del Agua, de Nueva Jersey; el embarcadero artístico de Ogijima, en Japón; Dream, encima de una mina británica, o Julia, en Madrid, son sólo algunos de los muchos ejemplos de la obra de Jaume Plensa que se pueden ver repartidos por todo el mundo.

 

A la hora de ubicar una de sus piezas escultóricas en un lugar concreto, ¿qué es lo fundamental: el espacio, la gente, la propia sociedad…?

Pues en el aspecto formal, un poquito de todo eso que comentas, y si me preguntaras cómo las integro en mi vida personal te diría que las integro como fragmentos de una obra única, como si fueran trocitos que voy repartiendo y que espero que un día se puedan entender como un todo. También te digo que es verdad que, para mí, ninguna obra está nunca bien acabada del todo, nunca está bien resuelta, y recuerdo que hace muchos años leí que el poeta Paul Valéry decía que un poema nunca se puede terminar, sólo se abandona, y yo creo que mi trabajo como escultor es parecido, porque puedo insistir toda la vida en la misma obra, pero siempre hay algo que retocaría, que corregiría. Con la edad, y esto sí que lo he aprendido con los años, asumes tus errores y resulta que estos errores eran la obra y eso es algo extraordinario.

 

Más allá del espacio de la ubicación de cada pieza, ¿piensa específicamente en la belleza de la obra?

La belleza es una tendencia que tengo, porque nací en una época tan gris, tan triste, tan dura, que mi gran obsesión era crear belleza, porque no existía de otra manera, y sin darme cuenta la sigo buscando. Me parece que la belleza está desprestigiada, equivocadamente, incluso como palabra, al igual que el término poesía. Hay palabras que se deben redefinir y en concreto la belleza tiene una capacidad enorme de transformación. La belleza es revolucionaria hoy en día.

 

En referencia a lo que comentaba antes, ¿ha retocado en alguna ocasión alguna de sus obras?  

Solamente las que son mías, las que conservo en mi taller. Por ejemplo, en estos momentos y hasta julio de 2023, tengo la exposición “Poesía del silencio” en Barcelona, en La Pedrera, que abarca desde el 1988 hasta este mismo año, y al ir a montarla descubrí que una de las obras que era un bronce y que yo pensaba que tenía un color había cambiado, así que la acabé de otra manera. Abriendo cajas para esa muestra hemos tenido sorpresas extraordinarias, porque yo ya no me acordaba de algunas obras, pero de pronto cuando las ves recuerdas el estado de ánimo de cuando las hiciste y por eso pienso que el arte, de alguna manera, acaba siendo un documento de tu vida y de la vida de la gente que te rodeaba en aquel momento.

 

Una vez que una escultura está ya ubicada , ¿cree que hay una manera idónea de acercarse a ella?

Bueno, inevitablemente el espectador acaba haciendo lo que le da la gana, pero sí que es verdad que la escultura, si tiene algún valor, es que genera una energía alrededor en relación con el espacio, con los objetos y con las personas. Depende de ti aceptar este diálogo e intervenirlo, aunque es cierto que hay falsas premisas como que las obras muy grandes hay que mirarlas desde muy lejos, pero eso a mí me parece absurdo. Creo que con la escultura lo importante es intentar hablar de cosas con sus opuestos y esto crea una especie de magnetismo, de interacción, de fricción con el espectador que hace que se atraigan como un imán.

 

Algunas de sus obras han cambiado de lugar con el tiempo o incluso los lugares donde se ubicaron como la Expo de Zaragoza han dejado de tener un flujo masivo de personas. ¿Cree que en esos casos la escultura cambia de significado?

En ese último caso recuerdo que cuando inicié la escultura estaba en un sitio y cada vez que iba a visitarla estaba más lejos, y al final me la pusieron en un sitio que no era el inicial. En estas instalaciones a veces es complejo controlarlo todo, pero sí que me hizo mucha ilusión, una vez que fui a Zaragoza vi que los taxistas llevaban la imagen de la escultura pegada en las puertas de los coches como una especie de icono que representaba a la ciudad. Y en eso la escultura sí que tiene una gran fuerza por su capacidad de convertirse en un icono, en algo que nos abraza a todos, que nos representa de alguna forma.

 

Es como la escultura “Julia” que está en la plaza de Colón de Madrid desde el año 2018 y ya es difícil imaginarse ese espacio sin ella.

No sé cómo acabará esto, porque la pieza es de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson y ellos gentilmente la están cediendo cada año al Ayuntamiento. Me encantaría que se quedara porque es verdad que en Madrid ha pasado algo maravilloso, ya que la ha abrazado de una forma increíble, sin importar la ideología de cada uno, ha sido una obra muy transversal en este sentido y eso me ha hecho mucha ilusión, la verdad.

 

Aparte de esa exposición en la Pedrera, ¿tiene algún otro gran proyecto que pueda contar?

Ha sido una época curiosa con mi ciudad, Barcelona, porque hacía muchísimos años que no hacía nada allí, y ahora he hecho también la ópera “Macbeth” en el Liceo, así como las puertas del teatro para su 175 aniversario. La exposición en la Pedrera de la que te hablaba antes ha sido además muy emotiva, porque la he hecho en relación con alguien que conozco desde que era un niño, que es Gaudí. Aparte de eso, ahora estamos trabajando una exposición muy grande para la ciudad de Mons, en Bélgica, donde se instalarán obras mías por toda la ciudad, dentro de la catedral, en las capillas, en las plazas, en los parques… Creo que va a ser muy interesante. También estoy acabando una exposición muy bella en el Museo Oscar Niemeyer de Brasil, que ha sido una gran experiencia, porque he trabajado piezas de siete metros y medio dentro del espacio, y eso es algo muy inusual. Estoy acabando también una escultura muy bella para la Universidad de Notre Dame en Indiana, donde inauguran un nuevo museo a finales de año y ponen una escultura mía allí delante. Y también estoy acabando un proyecto, en el que llevo ya dos años embarcado, de cinco cabezas de once metros de hierro fundido para la isla de Lanai en Hawai.

 

¿Ese proyecto tiene un cierto parentesco con las cabezas de la Isla de Pascua? ¿Por qué últimamente está tan centrado en las cabezas?

Trabajo mucha la cabeza como resumen del cuerpo, y creo que los artistas que trabajaron en la Isla de Pascua tuvieron la misma aproximación que yo, lo que también se ve en las grandes cabezas olmecas de México o en las bellas cabezas de Buda. Hay un momento en la historia en el que las cosas se rozan y se parecen, y yo creo que estoy conectado a esta gran línea de artistas.

 

Confesiones en el Congreso de Bellas Artes

Organizado por el grupo de investigación GIMUPAI y el Departamento de Escultura y Formación Artística de la Facultad de Bellas Artes, el I Congreso Internacional Arte y Contexto Social. Encuentro para un diálogo transversal de las Artes, se ha celebrado los días 11 y 12 de mayo con ponencias virtuales y un simposio presencial en el salón de actos de la Facultad.

 

La conferencia de clausura ha estado a cargo de Jaume Plensa, quien ha hecho un recorrido por gran parte de su obra y luego se ha expuesto a decenas de preguntas del público, mayoritariamente de estudiantes y de algunos profesores de la Facultad. A los jóvenes les ha recomendado que no pierdan la esperanza si alguna vez se sienten atascados en los estudios, y les ha animado a “inventar desde cero”. Considera Plensa que si trabajan y tienen su objetivo claro podrá ocurrirles como a él, que al principio pensaba “quiero vivir del arte”, luego pasó a “vivo del arte” y finalmente ha llegado a “vivo para el arte”.

 

Poéticamente, habló de William Blake, de la imperfección de los seres humanos que abre las puertas a otros y a la propia creación, de la edad como el cierre de un círculo o de los metros exactos que tiene que medir una escultura dependiendo de la ciudad en la que se coloque. También reconoció la influencia de artistas como El Greco y Giacometti en sus cabezas alargadas, que sugieren “ligereza, como algo sagrado que nos vincula con otros”.

 

Confesó también su pasión por el agua, especialmente por el mar, como mediterráneo de nacimiento, y de ahí la interrelación que muchas de sus obras tienen con océanos, playas o ríos. Reconoció, eso sí, que él no sabe nadar y eso le produce vergüenza, pero al mismo tiempo le ha servido para crear la fuente de Chicago, donde parece que se camina sobre el agua, gracias a una fina capa de pocos milímetros de profundidad.

 

Por último, habló de su amor por Shakespeare, y de su adaptación del Macbeth de Verdi para el Liceo de Barcelona, como una experiencia que no podía rechazar; así como de su pasión por la literatura y las letras, “que son un retrato maravilloso de las culturas del mundo”.