CARA A CARA

El dramaturgo José Luis Alonso de Santos

José Luis Alonso de Santos: “Una persona que pasa por la universidad y sólo estudia será un estudiante, pero no un universitario”

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Jesús de Miguel - 12 may 2021 14:38 CET

Hablar de José Luis Alonso de Santos es hablar de medio siglo de teatro en nuestro país. Y hacerlo con él, en su propia casa, es un privilegio del que hemos podido disfrutar en Tribuna Complutense. La excusa que hemos utilizado para colarnos en su domicilio (con su beneplácito y mascarillas, por supuesto) ha sido el último de sus muchísimos galardones, el que le acaba de conceder la Federación Española de Teatro Universitario por toda una vida dedicada a las artes escénicas.

 

¿Lleva la cuenta de cuántos premios le han concedido?

La verdad es que no. Si te fijas, tengo la casa llena. Suelen estar por todas las esquinas, por las estanterías, los armarios, los cajones… Y esto es como cuando te regalan un cuadro, el favor te lo hacen si es pequeño, pero si es un mamotreto ya no sabes ni dónde meterlo (risas). Pero, ¡ojo! Yo siempre estoy agradecido a que me den un premio, a que alguien se acuerde de mí, al reconocimiento. Además, por la edad que tengo, soy representativo de la profesión y de todos los muertos, porque de aquellas épocas del teatro universitario inicial quedo yo solo.

 

¿Empezó a interesarse por el teatro en la universidad o ya venía de antes?

Cuando llegas a la universidad tienes la edad ideal para empezar con las cosas, el que no haya empezado en ese momento es raro que luego empiece. Lógicamente algo de afición viene de atrás, pero la universidad es el caldo de cultivo y más en aquella universidad, que tenía muchos defectos, pero también muchas virtudes que esta no puede tener.

 

¿Por ejemplo?

Ahora está masificada y, por ejemplo, yo estudiaba cinco carreras a la vez, cosa que ahora es imposible. Yo sacaba títulos en fila y estaba metido en mil cosas, y todo eso era posible porque era un mundo más pequeño. Ahora se ha ganado en cantidad y amplitud, pero se ha perdido en relaciones humanas y en la posibilidad, por ejemplo, de participar culturalmente en más centros. Yo hacía teatro en todos los colegios mayores, en todas las universidades y dominaba ese mundo con cierta facilidad, ahora creo que eso sería imposible.

 

¿Lo recuerda usted con un poco de nostalgia?

No, no tengo nostalgia, aunque sí cariño, porque fue muy importante para mí. No sólo es que empiezas a desarrollar tus aficiones en esa edad, es que además tienes las primeras recompensas. En la vida se prueban muchas cosas, nadie prueba solo una, aunque no eres consciente de que lo haces. Cuando eres pequeño, primero pruebas a meter goles, que es lo que te hace rico y famoso más pronto y si no vales para eso ya empiezas a dedicarte a otra cosa (risas). Vas eliminando cosas porque te eliminan a ti: no te cogen para el equipo, no te cogen para pintar, sacas malas notas en matemáticas… La vida es un proceso de selección natural que se realiza automáticamente, y está bien que se realice, porque en la vida el que vale para todo, finalmente no vale para nada, así que no hay más remedio que especializarse, porque si te especializas en dos o tres cosas esas las harás mejor, sobre todo porque te centrarás precisamente en las ramas que te son más fáciles, no en lo más difícil. Bueno, los muy cabezones sí, porque una persona muy cabezona es la que se pasa toda la vida intentando hacer lo que no puede hacer, pero no es mi caso.

 

Usted ha escrito teatro, pero también novelas, libros infantiles, ensayos… ¿Diría que está especializado en todo eso?

Desde pequeño hacía aquello que física, mental y espiritualmente me era más fácil: escribir, teatro, arte… Iba por ahí, y hasta hoy. He escrito novelas, pero no soy novelista, me aburro escribiendo novelas gordas en soledad. También puedo tocar instrumentos, yo hago de todo, pero mal, y hago sólo una cosa que se me da bien, que es el teatro. Distingo entre hacer las cosas mal y hacerlas bien, y hacerlas bien es muy difícil. Tocar el piano bien es muy difícil, pero muy, muy, muy difícil, o tocar el violín, que es algo prácticamente imposible. A superar el abismo entre hacer teatro bien y hacerlo mal, enseña mucho el aprendizaje teatral, pero también enseña la universidad, porque es la cuna de los saberes y del humanismo. Por ejemplo, La Celestina, que es de 1499, es de un bachiller joven que sale de la universidad, y los que salían de las universidades de Alcalá y Salamanca son los que crearon la cultura que llega hasta hoy. Todos somos el resultado de lo que se crea en las universidades, de donde sale el teatro y el arte en general, luego se mezcla con el pueblo y vuelve a la universidad.

 

¿Cree que la universidad sigue cumpliendo ahí un papel importante?

Por supuesto. Hay cosas como el cine, por ejemplo, donde la universidad no puede involucrarse, por los costes, pero el teatro, como está muy relacionado con la literatura podríamos decir que es el único arte que está realmente dentro del mundo universitario. Y por eso, la universidad debe aprovecharlo, porque las demás artes se le han escapado, a no ser que seas una universidad americana que tienen de todo, desde equipo de baloncesto hasta una compañía de teatro que hace musicales al nivel de los de la Gran Vía. De hecho, si quieres tener mucho material mío vete a una universidad americana, porque lo tienen todo, hasta mis manuscritos, porque se han hecho con todo.

 

¿Y cómo es eso posible? ¿No cedió usted su fondo documental a la Fundación Jorge Guillén?

Por un lado, como está todo digitalizado se hacen con las cosas, pero además manuscritos de obras como Bajarse al moro desaparecieron de mi casa. Por aquí han pasado muchos hispanistas, se sentaban y buscaban en mis archivos, y alguno de ellos es probable que se lo llevase, ese y otros manuscritos.

 

Volvamos de nuevo a su época en la Complutense.

En la universidad yo hacía muchas carreras, y además no sólo yo, sino que éramos muchos a los que nos apetecía hacer muchas. En el mundo de la universidad tenía un poco la meta esa de Leonardo Da Vinci, de ser un hombre del Renacimiento, que lo tocaba todo. Yo estaba en Políticas, en Psicología, en Filosofía, en Historia del Arte, en Literatura, en Ciencias de la Información... Me matriculé en muchas facultades y terminé cuatro carreras, así que estaba muy metido en el mundo de la universidad y además me tiré allí muchos años, al menos quince, metido en todo, y sobre todo en el teatro. Mientras tanto, estudiaba además en las escuelas oficiales de teatro y noté que hay gente de teatro y hay gente de universidad, pero no había gente de las dos cosas juntas, así que tuve el instinto de que si me metía en las dos iba a ser el que más sabía de teatro en la universidad, y en el teatro iba a ser el más culto.

 

En el teatro universitario, ¿empezó su actividad en el Colegio Mayor San Juan Evangelista?

Les monté el teatro y me nombraron encargado, pero a la vez empecé a hacer actividades en otros colegios mayores y también comencé a hacer teatro profesional como actor, para sobrevivir, porque yo era pobre, no tenía ni para comer. Desde que era jovencito tuve que relacionar mis estudios con fuentes de ingresos y descubrí que el teatro me daba dinero, en lugares tan variopintos como la Junta de Energía Nuclear, donde fui encargado de actividades teatrales e iba los sábados a darles clases; o hacía zarzuelas con Tamayo y estaba ahí cantando La del soto del parral. Siempre debía tener algún lugar donde me dieran un sueldo y eso me ayudó mucho en la vida, porque los aprendizajes, si no tienen una relación con lo económico, son un poco fantasmagóricos. En la vida, casi siempre es bueno relacionar lo que aprendemos y lo que hacemos con nuestra fuente de financiación, porque no se puede esperar a que te toque la lotería.

 

¿También en la universidad tenía retribución por su trabajo?

En un momento dado, el rector, que en 1970 era José Botella Llusiá, me nombró jefe de actividades teatrales de la Universidad Complutense, y para dirigir el grupo me dejaron los sótanos de la universidad en San Bernardo. Ese nombramiento me evitaba ir a la cárcel, aunque acabé yendo como es lógico, porque en aquella época era muy fácil, pero cuando iba me sacaban, bueno una vez fue más difícil… Pero, en definitiva, que ese nombramiento me protegía de los problemas con la policía y a la vez me daba un sueldo. La universidad me contrató para hacer teatro, mientras que ahora, a los pobres, no les dan nada, aunque aquello de tener un sueldo era un milagro también para esa época. El rector y su equipo me eligieron porque vieron varios de mis montajes, y que yo era un joven muy emprendedor, metido en todo. Y estar en todo me creaba muchos problemas políticos, pero a la vez me creaba muchas relaciones, así que cuando buscaron a alguien que dinamizara la Universidad Complutense en el aspecto teatral, me llamaron, dije que sí, me nombraron y empecé a montar espectáculos que tenían un cierto nivel, ya no era un grupo que actuaba tres días en un colegio mayor con mucha dificultad, sino que tenía una infraestructura y una dotación económica. Funcionó bien mientras funcionó y acabó teniendo problemas, lógicamente, de relación arte y política.

 

¿Es siempre difícil esa relación?

Yo he dirigido muchos centros oficiales, o compañías nacionales, y siempre acabas mal. Colaboras con las instituciones, cobras de ellas, te vales de ellas para hacer teatro, y acabas enfrentado. Ese es un camino normal que yo creo que le ha pasado a todo el mundo, porque lo más importante del teatro no es la carga política interior, sino que es destructivo. El teatro tiene algo que la arma. Te llaman para hacer teatro, pero cuando te ven clavando clavos en el salón de actos para montar la escenografía ponen el grito en el cielo. Contigo va el escándalo, y no por esa idea de que van las actrices medio desnudas, porque realmente las actrices van vestidísimas. Es más bien, que causas destrozos físicos y a las universidades les gusta el teatro, pero teóricamente, en los libros, las charlas, las conferencias, ¡Qué bonito Lope de Vega! Pero te llaman para montar una obra, vas de buen chico, te portas bien al principio y de repente descubren que la has armado buena, has tirado un tabique, abres puertas, quitas pianos, clavas decorados, coges de camerino la capilla… De hecho, por eso echaron al teatro de la iglesia en el Medioevo, porque armaba escándalos en las iglesias, porque por donde va el arte siempre hay un elemento un poco destructivo.

 

¿Cree que ocurre lo mismo con el teatro universitario actual?

No, porque tiene menos fuerza. Cuando yo era joven, la coartada de la lucha contra el franquismo servía para luchar contra todo, contra tu vecino, contra la estructura, ¡luchabas, luchabas! Ahora, como teóricamente, nos gobierna la democracia, y más cuando gobiernan los socialistas y ya está todo arreglado, en general la sociedad está mucho más domesticada. Y eso que yo era de lo más normal, pero dormíamos en comunas todos los chicos y todas las chicas juntos, algo que hoy sería imposible. Era normal una cierta promiscuidad, relacionada con el movimiento hippy, porque había algo intrínseco en ser de teatro y ser hippy. Ahora, sin embargo, si eres de teatro eres funcionario (risas). Ahora a lo que se aspira es a tener un bueno sueldo por el Ministerio de Cultura, y eso es totalmente diferente.

 

¿Entonces eso es aplicable no sólo al teatro universitario, sino al teatro en general?

Sospecho que en el arte en general, pero sospecho también que es una batalla constante en la historia de la humanidad. Nacen las cosas, se desarrollan de forma más salvaje, luego el statu quo las integra, y como la gente se hace mayor desea tener unos sueldos y unas casas dignas y se deja integrar. Es un juego diabólico, pero normal.

 

Ha comentado antes que fue varias veces a la cárcel. Cuéntenos.

Bueno, es que en la época de Franco estábamos en la cárcel todos, así que es algo casi anecdótico. He estado ahí, pero también he trabajado para los Papas y para los reyes, así que a los palacios bajé y a las cárceles subí, he hecho de todo, porque he tenido una vida larga. Creo además que la vida, cuando yo era joven, era más entretenida, ahora sólo está animada por las rencillas políticas, pero en aquella época tenía tela marinera, estaba más en carne viva. Y el teatro universitario estaba también más vivo en ese sentido, y los grupos teatrales nos movíamos por todo el mundo. Estuvimos, por ejemplo, en un festival teatral en Parma, del que no nos dejaban volver, porque resulta que era un festival comunista y nosotros ni lo sabíamos cuando fuimos. Cuando volvimos, nos detuvieron a todos, nos quitaron el pasaporte y no nos lo querían devolver hasta los diez años o así. Nos ficharon por eso, pero a pesar de todo seguimos representando a la universidad por muchos sitios.

 

¿Qué más opina del teatro universitario actual?

He mantenido el contacto, alguna vez he colaborado con algún jurado, han hecho obras mías y he ido a verlas, pero me da la impresión de que todo se desarrolla en una categoría baja de nivel artístico. No hay nada que destaque, no ha habido en toda España una compañía universitaria que sobresalga y que monte un espectáculo que sea un éxito internacional, pero eso no quiere decir que no hagan el esfuerzo, sino que tienen en contra que en las universidades ahora se está menos tiempo y para hacer teatro hace falta constancia. Aun así, he visto espectáculos de una cierta dignidad y sé que hay teatros en algunas facultades y colegios mayores que siguen siendo estupendos. De todos modos, en aquella época había representaciones todos los fines de semana y las salas estaban siempre atiborradas, y a eso ayudaba mucho el lío político que había, que parecía que en cada representación se iba a matar a Franco, aunque luego no se mataba a nadie. Hacías una obra e iba la censura que siempre te quitaba algo. Una de las veces que me detuvieron y que me llevaron a África preso fue porque en un estado de excepción sacaba unas diapositivas de tanques en Varsovia, que bien pensado no era nada, una tontería, pero me las prohibieron. La obra era El juego de los insectos, de los hermanos Capek. Nos reunimos la compañía y no sabíamos cómo hacer la obra sin las diapositivas, así que decidimos hacer todas las proyecciones, pero en blanco, y cada vez que tenía que salir una proyección y salía un recuadro en blanco, ¡se armaba una! Aquello acabó en una manifestación, todo el mundo salía exaltado, en plan revolucionario, por unos recuadros en blanco, porque se imaginaban lo que yo habría puesto ahí. En fin, que había mucha efervescencia y todo cobraba mucha más significación.

 

¿Cree que la falta de efervescencia actual se debe únicamente a la política?

No. De hecho, el gran invento de esta época, que es un invento diabólico, es que la televisión ya no es la televisión. Ahora tengo miles de canales, donde puedo ver todas las películas del mundo, todas las cadenas, puedo ver todo en todo momento. Es tanta oferta que es abrumador lo que tienes en unas pantallas enormes, prácticamente gratis, porque vale poquísimo dinero, con una calidad que te mueres. Ves una serie americana con esa calidad que tiene, y luego te vas a un colegio mayor a ver a unos chicos que actúan y se te cae el alma a los pies, porque ahora el nivel de escritura de las series y las películas es infinitamente mejor, y el de interpretación no te quiero decir. La gente está muy especializada y con unos medios muy poderosos, así que el teatro ingenuo, de unos pocos chicos, muy buena voluntad y dos focos no puede competir. En eso lo tienen ahora más difícil.

 

¿Opina que quizás la representación de clásicos podría ser un contrapunto frente a esa modernidad televisiva?

El teatro es una afición, es como la música, la literatura o la pintura. Si no eres aficionado no te enteras, no sabes de qué va. Dicen que va una mujer a la ópera, que no ha ido nunca y llora, pues será que se le metería algo en el ojo, porque lo normal es que no se entere de nada (risas). Es imposible, sin un acercamiento musical, disfrutar de una ópera, por ejemplo, en alemán. Eso sí, dices que te ha gustado mucho, porque todo el mundo de la cultura tiene cuidado de no quedar como inculto, pero procuras no volver. El teatro es un medio artístico de comunicación maravilloso y por eso ha funcionado a lo largo de la historia. Además lo tiene todo, tiene la pintura, la música, la cercanía, la carnalidad, la vivencia… Cuando el teatro es bueno, y si son clásicos, ¡buf! Yo ahora estoy hablando aquí con vosotros, pero de vez en cuando hablo con Shakespeare, o con Lope, que están ahí esperándome en la estantería. Como les conozco me lo paso muy bien, pero eso son palabras mayores.

 

¿Tiene pensado volver al teatro clásico?

Precisamente ahora estoy montando, con la dirección de mi hijo, un espectáculo que se llama Fiesta de farsantes, sobre el nacimiento del siglo de Oro, sobre Lope de Rueda, con ese inicio del humanismo renacentista y del humor, sobre todas las primeras formas que originan luego ya a Lope de Vega y a los grandes. Lope de Rueda fue el primero que cogió las tendencias del renacimiento italiano, las trajo aquí y lo juntó todo en el teatro, pero de todos modos, ¿sabes cuál es la ventaja que tiene el teatro? Que nadie sabe nada, así que si sabes un poco eres el rey. Ahora abro los cursos de algunas universidades y doy jornadas sobre el Siglo de Oro en Alcalá de Henares, y digo cuatro cosas de estas, y como no sabe nadie nada, me luzco (risas). Este espectáculo, para el que hay presupuesto, va a salir bonito y va a ser apasionante, porque el teatro es apasionante si tienes medios, si conoces los materiales y si sabes dónde te estás metiendo.

 

¿Cuál cree que es la manera idónea de irse adentrando en el teatro: leyéndolo, viéndolo, haciéndolo…?

Te cuento cómo me acerqué yo. Primero porque en el instituto leía más que los otros niños y eso me ha hecho ser sobre todo autor, aunque dirija y haya actuado. Autor quiere decir que estoy en relación con los libros, con la vida y con la dimensión técnica del teatro. El mundo del teatro, frente al del cine o la televisión, tiene algo pequeñito, se forma una familia, les entra a todos ilusión, ya sea en un grupo universitario o en la mejor compañía, se juntan para hacer una obra, la eligen, se reúnen, al principio no tienen nada, sólo fantasía, luego lo montan y un día lo ponen en escena. Y ese proceso es muy apasionante, y una vez que estás ahí, si te gusta, ese es el veneno del teatro. Aparte de esa parte práctica puedes entrar al teatro por los libros, por la parte de la literatura, que también es un aprendizaje, lees mucho, te impregnas, lees a los buenos, descubres la estructura del lenguaje, de la comunicación… Pero luego tienes que llevarlo a la técnica teatral, o ser novelista, claro.

 

En definitiva, que recomienda a los estudiantes que hagan teatro.

Sí, claro, el teatro tiene mucho de pequeña sociedad y de dinámica de grupo, por eso creo que el teatro en la universidad está bien, e incluso en los institutos, porque aunque sólo sirviera para hacer familias sociales es muy bonito y de las pocas cosas que están al alcance de cualquiera, sin importar su edad. Aparte de esa importancia social que tiene el teatro, también sirve para aprender lo que hay debajo de un texto, porque la literatura es lo de arriba, pero debajo hay capas que hay que interpretar, y por eso al que actúa se le llama intérprete, porque es quien interpreta las palabras, y eso es muy bonito y apasionante. Es una tarea que tiene mucho de pathos, de emoción, de sentimiento, pero también de logos, de pensamiento, de mundo intelectual, de comprensión del mundo, de qué hay debajo de ‘mi reino por un caballo’, que hay detrás de esa frase. El teatro en la universidad siempre hay que fomentarlo, aunque los que lo hacen me dicen que el problema es que se te van todos y tienes que volver a empezar de nuevo, pero no pasa nada, empiezas otra vez, una y mil veces, porque eso es como las Fallas de Valencia, construyes, le pones todo el amor, le entregas tu vida, lo mira la gente y luego le prendes fuego para hacer otra. El teatro es bueno para las universidades, incluso para que los que luego van a ser ingenieros, médicos o aviadores, para que desarrollen su sentido de grupo, de relación y de creación. Tengo claro que una persona que pasa por la universidad y sólo estudia será un estudiante, pero no un universitario. Para lograrlo, le vendría muy bien hacer teatro.