ÁGORA

Let’s talk about, organizada por el vicerrectorado de Empleabilidad y Emprendimiento, en colaboración con el Consejo Social UCM y la Oficina de Prácticas y Empleo

Formación y espíritu crítico, las mejores armas contra las ‘fake news’

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Alfredo Matilla - 30 nov 2020 11:47 CET

Han concurrido en nuestra universidad dos actividades diferentes, pero que han convergido en un tema tan candente como las fake news. El primero de ello ha sido el I Congreso Internacional sobre Comunicación Especializada, organizado por la Facultad de Ciencias de la Información, y el segundo ha sido la iniciativa Let’s talk about, organizada por el vicerrectorado de Empleabilidad y Emprendimiento, en colaboración con el Consejo Social UCM y la Oficina de Prácticas y Empleo. En los dos han celebrado sesiones sobre los bulos, los días 25 y 26 de noviembre, respectivamente, e incluso ha habido una invitada, Silvia Carrascal Domínguez, del Observatorio Europeo de Análisis y Prevención de la Desinformación, que ha coincidido en las dos

 

En Tribuna Complutense hemos unificado esas dos sesiones para crear esta información con las opiniones de expertos en periodismo, que coinciden en señalar la importancia de tener una buena formación para ser capaces de distinguir entre lo que es real y lo que es mentira.

 

Laura del Río, coordinadora de Maldito Bulo en Maldita.es, abre el debate señalando que en su empresa ni siquiera las llaman fake news, “porque el fenómeno es mucho más amplio y cuando se dice noticia falsa lo primero que se puede pensar es en algo que tiene apariencia de noticias, mientras que a veces lo que circula es simplemente una cadena de whatsapp o un vídeo manipulado”. Por eso no les gusta esa denominación genérica, y tampoco porque “ese mismo término lo han pervertido algunos actores como Donald Trump, que lo ha utilizado para atacar a medios de comunicación como el New York Times o el Washington Post”. En definitiva, que consideran una denominación más correcta la de “bulo, desinformación o falsedad”.

 

El fenómeno de la desinformación nació de la mano de la propia información, aunque como señala Joaquín Ortega, director de contenidos de Newtral.es, “el fenómeno actual parte de la novedad de que cualquiera puede publicar cualquier cosa y gracias a las redes sociales su capacidad de difusión es única en la Historia”. Además, es cierto que ha ido escalando poco a poco gracias a plataformas como Facebook y Twitter, y luego “con Trump se popularizó por todo el mundo y empezó una preocupación real de hasta qué punto hay que atajarlo o no”.

 

Irene Larraz, también de Newtral, coincide con ese planteamiento y considera que es un fenómeno muy amplio, difícil de definir, pero “se defina como se defina lo que se ha visto es que se ha incrementado en los últimos meses”. Desde Newtral les ha tocado enfrentarse con una avalancha de noticias, vídeos, cadenas, mensajes… que han ido traspasando fronteras haciendo que se compartan bulos con pequeñas modificaciones y alteraciones.

 

La educación

Silvia Carrascal Domínguez, del Observatorio Europeo de Análisis y Prevención de la Desinformación, opina que “los bulos nos están atacando desde muchos ámbitos socioeconómicos, culturales y políticos, así que afecta a gran escala a todas las personas”. Frente a esa realidad, la aportación del Observatorio consiste en “ver todo lo que se puede hacer para que las personas desarrollen su pensamiento crítico y puedan tomar decisiones acerca de la información que les llega y que consumen”.

 

Reconoce que cada vez más, y sobre todo en la pandemia, se ha visto una gran agresividad, no sólo en temas políticos y de salud, sino que además la proliferación de las redes sociales ha proporcionado que la desinformación sea una herramienta muy poderosa que afecta a todos los ciudadanos en general, aunque “en mayor medida a los mayores y a los jóvenes, porque acceden a una información distorsionada por terceros que tienen además otros fines, por eso hay que centrarse en que la alfabetización digital sea clave para la gestión de la desinformación y detección de las fake news”.

 

Para Laura del Río es fundamental también una educación transversal desde el colegio hasta las personas mayores y también para los periodistas. Ahí, “las universidades deben jugar un papel muy importante, porque la verificación se sigue basando en hablar con las fuentes y en la responsabilidad de los periodistas, lo que en algunas ocasiones se deja un tanto al margen, con las prisas, con las presiones empresariales, con querer llegar los primeros, con el clickbait… Por eso, a nivel de educación son necesarios los cursos de alfabetización mediática que familiaricen a la población con las redes sociales, que le pierdan el miedo a la tecnología, pero que no se dejen engañar por los códigos que lo intentan hacer”.

 

Larraz también coincide en que la educación es clave, aunque cree que ha habido bastantes avances en este sentido, porque muchos de los mensajes que reciben en Newtral llegan ya con varias pistas que los propios usuarios van detectando. Cree, por tanto, que esta educación ya está dando sus frutos, porque “hay mucha gente que está activándose en buscar de forma proactiva si una información es verdadera o falsa, sobre todo para tratar de verificar antes de compartir”.

 

Añade Ortega que en Newtral cuentan con una división dedicada a hacer cursos y talleres para construir ese pensamiento crítico a la hora de compartir las cosas que se ven en Internet, y “aunque sea muy difícil que no se compartan cosas que son mentiras y exageradas, se podrá conseguir que en lo que es relevante para nuestras vidas la gente sea más cauta, por ejemplo en discursos contra la inmigración o la violencia de género, donde difundir noticias falsas ya no es tan gracioso”.

 

Para Javier Sierra, delegado del rector de la UCM para la Comunicación, “cuando hay una población sin espíritu crítico es muy fácil moldearla, así que hay que educar a las generaciones tanto en los conocimientos habituales como en los desafíos que pueden plantear las tecnologías”. Explica que hay toda una corriente sociológica que habla sobre la capacidad de los medios de influir en los ciudadanos, aunque ahora “a eso se suma una gran crisis sobre los medios tradicionales, porque cualquier ciudadano es capaz de generar información y eso hace que estemos en una de las etapas de mayor confusión y conflicto que ha provocado otra crisis, en este caso de credibilidad en los medios de comunicación, porque la inmediatez cualquiera puede contarla y esa inmediatez hace que podamos caer en alguna de las redes que generan la gran desinformación”.

 

Contra los bulos

Mientras los bulos se extienden por las redes sociales, es fundamental encontrar alguna manera de detenerlos. Carrascal Domínguez explica que desde el Observatorio Europeo de Análisis y Prevención de la Desinformación buscan “trabajar de manera conjunta con otros organismos que son los que defienden el conocimiento y el acceso a ese mismo conocimiento y, por supuesto, la buena divulgación. Entre esos organismos están las universidades, centros educativos y también la empresa, que se ve muy afectada por la desinformación”.

 

Para ella, todas estas instituciones se deben sustentar en tres puntos clave. Por un lado, la investigación y la reflexión, sobre todo para apoyar a políticas de comunicación y a proyectos de innovación que pudieran tratar temas informativos o de comunicación. Lo segundo es desarrollar herramientas que les permitan ser más activos y eficientes en su labor de verificación. Y, por último, hay que “generar políticas de comunicación entre los jóvenes, que son los que van más rápido, para concienciarles de cómo detectar e identificar antes de compartir, para eso pueden utilizar herramientas tecnológicas y, sobre todo, la herramienta más poderosa que tenemos los seres humanos, que es el razonamiento”.

 

Del Río ve fundamental que los ciudadanos nos demos cuenta de lo que hay y “que utilicemos a los grupos de whatsapp, en lugar de para desinformar, para alertar y contrarrestar los bulos. Eso hay que hacerlo con cariño, no atacando a quien propaga teorías negacionistas, por ejemplo, poniéndose en el lugar del otro, pero pasándoselo a la gente que tenemos cerca”. Informa de que hay un pequeño decálogo de cosas que hay que hacer, como “no quedarse sólo con el titular, algo que le puede pasar incluso a los verificadores o a los periodistas, porque a veces cuando alguien desea que va a pasar algo tiende a creérselo, incluso si están muy formados”.

 

El director de contenidos de Newtral.es, informa de algunas de las medidas que están tomando contra los bulos, como “un programa con Facebook para que la plataforma aplique medidas contra los usuarios que han difundido esas faltas noticias”. Aparte de eso, cree que hay que formar bien a los periodistas y “concienciar a la gente para que sepa que no todo lo que lee en Twitter es verdad y que vuelva a confiar en las fuentes de información clásicas que tienen un afán por publicar información cierta”.

 

Si se avanza por ese camino, “no hará falta que ningún organismo ni gobierno nos diga qué es verdad y qué es mentira, porque eso es muy arriesgado y puede ser muy peligroso”. Carrascal, sin embargo, sí cree que “para regularlo serían muy positivas las políticas activas, siempre que sean consensuadas con los ciudadanos”.

 

Javier Sierra devuelve el debate a la actualidad y constata que hay que ser consecuente con el fin con el que nacen las redes, que no es otro que el de ser un sitio donde se intercambian contenidos, así que “es muy difícil poner un filtro de verificación para los millones de contenidos que se puedan compartir, algo que se le escapa incluso a la inteligencia artificial”. Opina el delegado del rector que no hay que delegar en la tecnología la responsabilidad de lo que hacen los humanos, porque al final la tecnología está ahí y de ella se puede hacer un buen o mal uso, pero no se puede autorregular. Sobre todo, en un momento en el que “hay más cuentas creadas en Twitter que cuentas bancarias en el mundo o que tomas de agua en todo el planeta, así que hemos llegado a un punto en el que casi es inmanejable ese volumen de contenidos”.

 

La solución, para Sierra, es que la propia sociedad se autorregule, tanto los periodistas en su trabajo, como cualquier ciudadano. El debate para él está en conocer “qué hace que un individuo ponga en circulación algo que sabe que es falso, si es por disfrute, si es un tema cultural o si es una manera de afectar voluntariamente a los grupos vulnerables que se han quedado en la brecha digital”. Incluso sin saber muy bien cuál puede ser esa causa que lleva a compartir noticias falsas, Ortega apunta a que los bulos “suelen ser más sorprendentes o te hacen sentir de manera más intensa que la banal rutina de la realidad diaria, y eso hace que la gente quiera compartirlas, y de hecho si intento comprobar si es verdad o no ya me cortas el rollo. Hay muchos estudios desde el campo de la universidad que demuestran que estas noticias están hechas para que la gente las comparta”.

 

A veces, de todos modos no es tan fácil detectar un bulo, porque como explica Javier Sierra “juegan con los conceptos de veracidad y verosimilitud, de tal modo que si trucas bien una fotografía y juegas con ella se hace muy difícil discernir entre lo que es verdad y lo que es verosímil, incluso personas formadas en alfabetización audiovisual, así que no hay recetas más allá de formación y concienciación, y sólo con eso tendremos una vacuna del impacto que puede suponer el hecho de que circulen noticias que no son reales”.