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Fernando del Rey Reguillo, Premio Nacional de Historia 2020

Fernando del Rey, Premio Nacional de Historia 2020: “Investigar la violencia me ha llevado incluso a tener pesadillas”

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Jesús de Miguel - 18 nov 2020 09:39 CET

Fernando del Rey Reguillo, profesor del Departamento de Historia, Teorías y Geografía Políticas, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, es el nuevo Premio Nacional de Historia, gracias a su libro Retaguardia roja, un exhaustivo estudio sobre la represión en los primeros meses de la guerra civil en la provincia de Ciudad Real, para el que lleva recopilando información desde 1990.

 

El libro se centra en una zona muy concreta de España. ¿Es algo personal o es un interés puramente historicista?

Mi vocación de historiador surgió escuchando relatos de las personas mayores cuando yo era niño, y ¿de qué se hablaba a finales de los sesenta y principios de los setenta? Pues de la guerra y de la postguerra, que eran los temas recurrentes en las tertulias que se montaban bajo la luz de la Luna, que es cuando la gente se sincera. Allí fui tomando conciencia de que había una historia, primero en mi pueblo y luego ya en la provincia, así que en respuesta a tu pregunta, sí soy de por allí, pero no quise hacer la Historia de mi provincia o de mi pueblo, sino que quise preguntarme sobre la lógica de la violencia en la retaguardia, en este caso de la retaguardia republicana.

 

¿Es por eso por lo que ha optado, en esta ocasión, por la microhistoria?

Como historiador he analizado muy a fondo, durante más de veinte años, las relaciones entre política y economía, pero el tema de la guerra siempre me ha interesado, sobre todo la violencia política. En mi tesis doctoral que fue sobre organizaciones empresariales en la crisis de la Restauración ya escribí sobre el pistolerismo en Barcelona y el terrorismo patronal y obrero. Desde 2002, decidí olvidarme de los empresarios, y pasar de la época de la Restauración a la República, y pensé que una forma de aportar algo a una época tan estudiada era analizando universos pequeños. Nuestra obligación como historiadores es someter a prueba los grandes paradigmas, y eso es algo a lo que uno se puede aproximar a través de la microhistoria.

 

Cuando decidió dar el salto a la microhistoria, ¿tenía ya algún referente?

Bueno, a los historiadores nos enseñan siempre a hacer un estado de la cuestión, qué se ha dicho hasta ahora y a partir de ahí intentar aportar algo, entrando en diálogo con lo que se ha escrito. Gran parte de eso lo asumes, o asumes todo, y si de pronto, investigando, descubres que puedes añadir algo, de ahí surge tu trabajo. En la época en la que decidí dar el giro a mi carrera, acababa de aparecer un libro de Jan T. Gross, sobre la historia de un pueblecito polaco, titulado Vecinos, que cuenta la historia de un pueblo que quedó en la zona soviética cuando Polonia se la dividen entre soviéticos y nazis en 1939. Cuando más tarde se produjo la invasión nazi, en 1941, tuvo lugar una matanza de judíos, que eran la mitad de la población, que fueron exterminados, pero no por los nazis sino por sus vecinos católicos. Llevado a un extremo no tan radical, la guerra civil española tuvo también ese componente, en ambas retaguardias, de matanza entre vecinos. A partir de ahí, decidí lanzarme a hacer esa investigación, de la que ya salió Paisanos en lucha, en 2008, sobre la época de la República, y ahora Retaguardia roja, sobre la guerra, centrada en un ámbito más provincial, pero siempre pensando en términos de política nacional.

 

Aparte de buscar información en archivos y hemerotecas, ¿ha realizado entrevistas para elaborar este libro?

Sí, hice 60 entrevistas, casi todas en los noventa, cuando todavía pillé a gente mayor que lo había vivido o a los hijos de la guerra, que no eran los protagonistas directos, pero incluso así es impresionante cómo de padres a hijos se transmite la narración de forma muy certera. Bien es verdad que la historia oral tampoco hay que mitificarla, porque todos mentimos y contamos lo que queremos, lo cual es humano, y si te hablan de un familiar en esos años tan tremendos, sobre todo si estuvo implicado en la violencia directa o indirectamente, te cuenta su papel de víctima, pero no te explican más allá. Por qué matan a alguien es algo que ya tiene que deducir el historiador, porque no suele ser fruto de un acto pasional, sino que suele haber un cálculo racional.

 

En su libro incide en esa idea, de que sólo al principio, tras el golpe franquista, hubo una violencia en caliente, pero luego ya estuvo, en cierta manera, más canalizada.

Claro, porque responde a una violencia de guerra, en una guerra total. Y entendemos por eso una guerra que no sólo se desarrolla en los frentes, sino que afecta también a la retaguardia de muchas formas, desde el esfuerzo económico al sostenimiento de la guerra, a los bombardeos y a la represión. El adversario político es una moneda de cambio en ese juego y por eso en este libro he intentado hacer pedagogía respecto al mundo conservador, porque no deben presentarse sólo como víctimas de los rojos, sino que son víctimas porque ha habido un golpe de estado que ha generado esa situación y se han convertido en moneda de cambio.

 

¿A eso es a lo que se refiere en su libro cuando afirma que los artífices de la dictadura blanquearon su responsabilidad?

Por supuesto, porque el franquismo lo manipuló de forma brutal, así que este libro podría ser útil para que la gente conservadora se replanteara sus deudas con el franquismo, porque todos ellos también fueron víctimas. La gente que muere en la represión no formaba parte del golpe, la inmensa mayoría de las víctimas de la revolución no estaban ahí, pero claro, romper esos esquemas mentales es difícil. Lo que tiene que quedar claro es que los golpistas primero provocan la situación y luego capitalizan a esas víctimas y se firma un pacto de sangre con las familias. El franquismo, ideológicamente, bebe de la extrema derecha monárquica, representada por Calvo Sotelo, de los falangistas y de los militares que rompen su juramento de fidelidad y lealtad a la República, pero mucho menos del resto del espectro conservador.

 

Ha nombrado la revolución que surge tras el golpe. ¿Cree que en ese momento la legalidad republicana sufrió una doble fractura, por un lado la de los golpistas y por otro la de esa revolución?

Así es, pero teniendo claro que es el golpe el que provoca la revolución. En aquella época, en toda Europa y no sólo en España, había mucha vocación revolucionaria, y por ejemplo, los anarquistas habían protagonizado tres insurrecciones contra la República entre 1931 y 1936. Además, en octubre de 1934, una fuerza fundadora de la República, representada por el caballerismo, lanza también una movilización revolucionaria. En ese caso concreto, la microhistoria permite describir las complejidades internas de las distintas fuerzas, da otra perspectiva, y se ve que detrás de octubre de 1934 estuvo Largo Caballero y que Indalecio Prieto pronto se desmarcó de aquello, así que no fue el conjunto del socialismo el que produjo aquella revolución. Igualmente, la represión revolucionaria tras el comienzo de la guerra no se puede aplicar al conjunto de esas fuerzas. Otra cosa es que muchas veces callaran, pero es que en un contexto de guerra manda el más bruto, el temerario, el que coge las armas. Hay una anécdota que no sale en el libro sobre un alcalde de una de las localidades de por allí, que no estaba implicado en la represión, y que cada vez que celebraba una asamblea municipal, lo primero que hacía era poner el pistolón encima de la mesa como símbolo de autoridad. Por algo sería…

 

Afirma que aquella situación también fruto de un tiempo concreto, ¿es la que define como la época de la brutalización política en toda Europa?

Para diluir un poco la neura que tenemos con la guerra civil hay que verla en términos comparados y como un hecho que forma parte de un fenómeno más amplio. Ese concepto de brutalización lo acuñó el historiador George Mosse, y es una palabra perfecta para definir un contexto histórico en el que la idea democrática pluralista está en retroceso, y donde lo moderno era ser fascista, bolchevique o similar, como ocurrió en el periodo de entreguerras en toda Europa. La República intentó constituir una democracia en ese contexto que era absolutamente adverso, y lo consiguió, porque la República no estaba condenada a la guerra civil, sino que esa la provoca el golpe, que a su vez produce la revolución. El golpe se carga el Estado y su poder coercitivo desde el momento en que dividió a las fuerzas armadas, porque la mitad más o menos se une el golpe y eso deja inerme al Estado. Y no le queda otra que recurrir a armar a las organizaciones obrera, que es una decisión grave, y a partir de ese momento los revolucionarios ven la oportunidad de materializar el viejo fsueño igualitario, que implica que al mismo tiempo que hacen la guerra hacen la revolución. Es un periodo apasionante como objeto de estudio, pero también es duro, de hecho investigar la violencia me ha llevado incluso a tener pesadillas.

 

Y no es para menos con algunas historias de las que cuenta como las torturas de Castellar de Santiago. Usted que ha estudiado la violencia política, ¿cómo cree que puede llegar un ser humano a esos extremos?

Son minorías las que llegan a eso, son exaltados, son jóvenes, que por definición son más manipulables, y además sin el contexto de guerra es inexplicable. Cuando empieza una guerra la gente toma conciencia perfectamente de lo que le puede pasar, sobre todo porque al principio no hay censura y circulan las noticias de manera bastante fidedigna, a un lado y otro del conflicto. La gente toma conciencia de lo que una guerra civil supone y en ese momento no sabe lo que puede dar de sí su vecino, y eso crea una sociedad, también durante la postguerra, basada en la denuncia, en la desconfianza total. Eso se suma a que aquella era una sociedad hiperpolitizada en toda la Europa de entreguerras, y por ejemplo, en España el 40% de la población estaba afiliada a organizaciones políticas, así que la ideologización de la política ya estaba en todas partes antes de la guerra. Por eso, cuando estalla la guerra se crean las condiciones para que las rivalidades vecinales cotidianas se transformen en sangre.

 

¿Más allá de esas rivalidades hubo otros elementos de peso en la represión?

Hay muchos historiadores estupendos como Ángel Viñas y Paul Preston que inciden en la importancia del factor soviético en la represión, pero mientras que puede ser importante en la matanza de Paracuellos, aunque eso sigue siendo cuestión de debate porque no está tan claro, en La Mancha los soviéticos no tuvieron ningún tipo de presencia. En la provincia analizada, más allá de los primeros días, lo que se trataba era de controlar el territorio, y aunque no conocían a todos los vecinos sí conocían a los líderes sociales, a los que habían tenido algún tipo de protagonismo en distintos ámbitos, y esos eran los que sufrían la represión. En ese sentido creo que no se puede interpretar sólo en términos de lucha de clases porque, aunque es verdad que en esa época la identidad de clase era muy fuerte, también había otros muchos elementos. A los ricos, en general, no se les mataba por ser ricos, sino en virtud de su liderazgo, y lo que sí se hace además es desplumarlos, porque para eso está la revolución, para socializar la riqueza, lo que no quita que hubiera numerosos casos de corrupción de personas que se quedaban lo que incautaban.

 

La Iglesia también fue fruto de represión, algo que es casi una tradición española desde el siglo XIX cada vez que hay una revolución. ¿Por qué es así?

Don Julio Caro Baroja nos contó que el anticlericalismo es tan antiguo como el clericalismo, y en España se remonta a la Edad Media, aunque se va reformulando. Es cierto que a partir del siglo XIX adquiere otros tintes, ya no es la condena del mal cura, sino que por influencia de la Ilustración la Iglesia se ve como el oscurantismo, el atraso, la irracionalidad… Y eso lo hacen suyas las organizaciones más vinculadas a la idea del progreso, como el republicanismo, la masonería y los ismos obreros, que también son hijos, en parte, de esa corriente ilustrada. Así que en general había ya una razón estructural cultural del anticlericalismo, aunque a zonas como La Mancha tardó más en llegar, porque empezó a manifestarse en la España urbana o en la costa que va desde Cataluña hasta Cádiz. En la guerra, en las zonas que se mantienen fieles a la República, operan los mismos códigos culturales anticlericales, pero también hay una razón coyuntural y es que quien ha puesto en jaque a la República, en ausencia de un fascismo fuerte en España (que adquiere su máximo desarrollo a partir de la guerra), quien ha sabido articular una alternativa democrática, dentro de las reglas del juego, para conseguir una reforma constitucional ha sido la CEDA. Y la CEDA es una organización política inspirada por la Iglesia católica, y muchos de los que sufren represión son miembros de la CEDA o de organizaciones católicas paralelas al catolicismo político, porque el poder de movilización de la Iglesia en el primer tercio del siglo XX era impresionante, aunque al llegar la República se minusvaloró el potencial que tenía.

 

Vivimos ahora también momentos de mucha crispación política, ¿cree que de algún modo se pueden comparar a esos tiempos de brutalización del siglo pasado?

No, no, no. El hecho de que llevemos ya cuarenta años de democracia nos ha hecho fuertes como sociedad civil, así que difícilmente nos van a seducir los cantos de sirena que nos quieran llevar al abismo por el camino que sea. Al menos eso es lo que quiero creer, aunque también es verdad que la capacidad predictiva de los historiadores es nula; para analizar el pasado somos buenos, pero no tanto para predecir el futuro. Y aunque no crea que podemos ir al desastre, es cierto que las democracias son sistemas frágiles, y si las piezas esenciales de la democracia, que son los partidos, se organizan mal y funcionan mal, eso afecta al conjunto. En los últimos lustros está ocurriendo algo que, por ejemplo en la Transición, aunque no quiero idealizarla, no ocurría, y es que ahora desde muy jovencitos los chavales ingresan en las organizaciones políticas para labrarse un futuro, y eso tiene sus consecuencias, porque su preparación es peor, ya que ven en la política un modus vivendi fuera del cual no tienen donde ir y eso condiciona mucho la forma de hacer política de su organización. Hay políticos que llegan incluso a cargos de responsabilidad enormes y no saben ni hablar.

Las cuatro Españas

Fernando del Rey habla en su libro de “las cuatro Españas” frente al tópico manido y bipolar de nuestro país, que “no se sostiene políticamente hablando”. La tercera sería la España que no está inmersa en la confrontación, la “liberal, moderada, la que gira en torno al centro y que probablemente sea la mayoría, con personajes como Julián Besteiro, Clara Campoamor o Manuel Jiménez Fernández, mano derecha de Gil Robles en la CEDA, que durante la guerra estuvo a punto de ser fusilado tanto por los carlistas como por los falangistas”.

 

Aparte de esa división tripartita, el historiador añade una más, la del ciudadano de a pie, que está más allá del mapa político, y que sin importar la hiperpolitización del país “no está por matarse, está por sobrevivir”. Son esos españoles que protagonizan el libro Desertores, de Pedro Corral, y que están muy lejos de la épica que rodea a algunos discursos históricos. “Hay que potenciar esa idea, mucho más allá de la de las dos Españas, porque es cierta, aunque nos rompa los esquemas”, concluye Del Rey Reguillo.