CV / ARTES Y HUMANIDADES

Conferencia inaugural del curso de verano de la UCM “El calculable valor del arte”, celebrado en el Museo del Prado

El Museo del Prado se plantea, en los Cursos de Verano, cuánto vale el arte

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Aída Cordero - 30 jun 2026 15:28 CET

Miguel Falomir, director del Museo del Prado, lo tiene muy claro: “El arte vale lo que alguien esté dispuesto a pagar por él”. Y es que, más allá del artista, de las técnicas o los materiales utilizados, la subjetividad y las modas son unos criterios importantes para saber cuánto vale una obra. Para reunir, debatir y aclarar estas ideas, desde el 30 de junio se celebra en el Museo del Prado el curso de verano de la Complutense “El calculable valor del arte”. En la inauguración del curso tanto el rector Joaquín Goyache como Carlos Zurita, presidente de la Fundación Amigos Museo del Prado, han hablado de la estrecha relación que mantiene la UCM con el Museo, “dos instituciones implicadas en la defensa de la cultura y la conservación del patrimonio, dos realidades que no son calculables y que se sostienen gracias a entidades como estas y a ciudadanos comprometidos con los valores democráticos”.

 

En un curso que llena el auditorio del Museo del Prado y que, sumando a los alumnos online, congrega a cuatrocientos asistentes, Miguel Falomir ha recordado que cuando murió Fernando VII se tasó la colección del Prado, que todavía formaba parte de la casa real, y uno de los cuadros que recibieron la mayor tasación fue El año del hambre en Madrid, de José Aparicio e Inglada, muy por encima de los cuadros de Goya también sobre la temática de la ocupación francesa. Valoración que se ha ido modificando con el tiempo, ya que hoy en día el cuadro de Aparicio, si se vendiera, no alcanzaría ni de lejos el precio de cualquier pintura de Goya.

 

La conferencia inaugural del curso, impartida por el historiador del arte y director del seminario Alberto Pancorbo, ha incidido en esa idea, desde el valor que tenían pinturas rupestres hasta la obra Comediante (un plátano pegado a la pared con cinta aislante), pasando por todas las etapas históricas.

 

Pancorbo ha recordado que la figura del artista no empezó a tener una relevancia real, económica e incluso mediática, hasta el Renacimiento, ya que antes de ese momento, gran parte de las obras se valoraban por los materiales utilizados en ella, por la cantidad de gente implicada en su realización, y por el tiempo que se tardaba en llevarla a cabo

 

Entre los materiales más valorados en escultura y pintura estaban el oro y el lapislázuli. Este último, utilizado tanto en la máscara de Tutankamón como en infinidad de pinturas o en el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, tenía un precio desorbitado por el largo camino que tenía que recorrer desde las minas de lapislázuli de Sar-e Sang, de Afganistán, y por la compleja técnica para extraer de ahí el pigmento.

 

Entre los ejemplos que han aparecido a lo largo de la conferencia, Pancorbo ha hablado de obras de las que se conservan los datos económicos, como la catedral de Sevilla, los tapices encargados por Carlos I tras su victoria en Túnez, o el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Si en la catedral destaca el retablo mayor con 400 metros cuadrados, donde se representan doscientas escenas, cubierto con finas láminas de oro que requieren una gran maestría en su realización, los tapices encargados por Carlos I costaron el equivalente a 500 kilos de oro al tiempo que contrataron a una gran mano de obra para trabajar con los entre 400 y 500 kilómetros de hijo de lana que componen cada tapiz, a los que hay que sumar los de seda y los de plata.

 

En cuanto al monasterio de El Escorial se calcula que el edificio costó 1,7 millones de ducados, que al llenarlo con muebles, decoraciones y demás llegó a los 6 millones de ducados, lo que supuso entre 1,6 y un 3,7% del presupuesto de cada uno de los cerca de treinta años que se tardó desde que se puso la primera piedra hasta que se culminó. Un coste no tan elevado como los de Versalles o el palacio de Caserta, pero aun así bastante elevado para la economía poco saneada de los siglos XVI y XVII.

 

Dando un gran salto temporal, Pancorbo nos ha traído a una actualidad en la que algunos artistas se han hecho millonarios, como Jeff Koons, al vender uno de sus perros globo, que le costó hacer 1,6 millones, por 58 millones de dólares; Damian Hirst, al vender su tiburón, que le costó 50.000 libras, por 12 millones de dólares, o el plátano de Maurizio Cattelan, que no le costó más que unos céntimos, y que vendió por 5 millones de dólares.

 

A pesar de esas excepciones, el conferenciante ha recordado que la mayor parte de los artistas a lo largo de la Historia no han conseguido vivir de sus obras, algo que sí hicieron por ejemplo Tiziano o el incansable Rubens. De todos modos, ha reconocido Pancorbo que “aunque a los banqueros les gustaría ser artistas y a los artistas ser millonarios, estos últimos lo tienen más fácil porque ya cuentan con el talento para hacerlo”.