EN VERDE

La deforestación en la Amazonía es cada vez más evidente / Natalia Segato

Salud vegetal y humana, más conectadas que nunca con el cambio climático

Texto: Enrique Andivia - Artículo coordinado por la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación - 23 oct 2020 09:23 CET

La Organización de las Naciones Unidas declaró 2020 como el Año Internacional de la Sanidad Vegetal con el fin de concienciar de la importancia que tiene proteger la salud de las plantas. Con motivo del Día Mundial del Cambio Climático el 24 de octubre, Enrique Andivia, investigador del Departamento de Biodiversidad, Ecología y Evolución de la Universidad Complutense de Madrid, nos invita a reflexionar sobre los efectos que tienen la pérdida de biodiversidad y la degradación de ecosistemas en la propia salud humana, tal y como hemos podido comprobar con la COVID-19.

 

Es indudable que el cine ha marcado nuestro imaginario colectivo, especialmente ante situaciones que no hemos experimentado por nosotros mismos, como una hipotética catástrofe natural a escala global. Así, cuando pensamos en el impacto del cambio climático sobre la sociedad humana, enseguida vienen a nuestra cabeza imágenes de ciudades arrasadas por subidas del nivel del mar o glaciaciones que ocurren de la noche a la mañana.

 

La realidad nos muestra que los cambios no son tan bruscos como en la ficción y eso nos puede llevar a una sensación de falsa seguridad. Sin embargo, la velocidad de los cambios ambientales provocados por la actividad humana tiene pocos precedentes en la historia de nuestro planeta y sin duda nos tocará vivir sus consecuencias más negativas sino actuamos con celeridad.

 

Comprender la magnitud de la catástrofe a la que nos enfrentamos es complejo y requiere de un profundo esfuerzo por considerar las enrevesadas interrelaciones existentes entre los distintos componentes de nuestro ecosistema global. Todos hemos escuchado alguna vez que “el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo”.

 

Este año hemos vivido en primera persona un ejemplo del llamado efecto mariposa, y es que la pandemia provocada por la COVID-19 tiene su desencadenante en la pérdida de biodiversidad y en la alteración de la naturaleza como consecuencia de la actividad humana. Hoy, y con motivo del Día Mundial Contra el Cambio Climático que se celebra el 24 de octubre, es imprescindible que entendamos que nuestra salud depende, en gran medida, de la salud de los ecosistemas.

 

Pérdida acelerada de los mejores cultivos

Las plantas no solo generan el 98% del oxígeno que respiramos, sino que son el pilar fundamental de nuestra nutrición, suponiendo el 80% de los alimentos que consumimos. La Organización de las Naciones Unidas ha declarado 2020 como el Año Internacional de la Sanidad Vegetal con el fin de concienciar de la importancia que tiene proteger la salud de las plantas para la conservación de la naturaleza y la erradicación del hambre y la pobreza, más aún en un contexto de cambio climático.

 

Algunos estudios han cifrado en un 10% la pérdida de rendimiento en las cosechas de cereal por cada grado de calentamiento. El cinturón mundial de cultivo natural de trigo se ha ido desplazando hacia los polos a razón de 260 km por década.

 

Podemos pensar que estas pérdidas de productividad se compensarán con la ganancia de nuevos terrenos de cultivo, sin embargo, nos olvidamos de que los cultivos actuales se encuentran en los terrenos más fértiles y que la velocidad a la que se desarrolla un suelo óptimo para cultivo dista en varias unidades de magnitud de la velocidad a la que se desplaza su óptimo climático debido al calentamiento.

 

El cambio climático es solo una arista de lo que conocemos como cambio global, cuyo resultado es una pérdida generalizada de biodiversidad y una homogenización cada vez mayor de los ecosistemas.

 

Pesticidas y plagas: el peor remedio para la enfermedad

Todos estos procesos desembocan en las condiciones óptimas para la proliferación de plagas y enfermedades en las plantas, en un claro paralelismo con las enfermedades infecciosas emergentes que afectan al ser humano.

 

La FAO estima que un 40% de los cultivos a nivel mundial se pierden a causa de plagas y enfermedades, lo que provoca pérdidas de aproximadamente 180.000 millones de euros anuales, que en muchos casos se producen en comunidades rurales de países en vías de desarrollo donde la agricultura es la principal, sino única, fuente de sustento.

 

La conservación de la biodiversidad y la protección de las plantas ante plagas y enfermedades es mucho más efectiva y rentable que hacer frente a las mismas mediante productos fitosanitarios y pesticidas, que además de requerir más tiempo y dinero para mostrar su eficacia tienen un efecto perjudicial sobre la naturaleza. Sin embargo, no solo la producción agrícola está amenazada. 

 

¿Poblar con miles de árboles es solución?

Si hiciéramos una encuesta a la ciudadanía sobre prioridades en materia de conservación de la naturaleza y mostráramos fotos de un pastizal, un matorral y un bosque, sin duda un alto porcentaje elegiría el bosque como área prioritaria a conservar.

 

Esto es, en parte, debido a la falsa idea generalizada de que pastizales y matorrales constituyen etapas degradadas de la sucesión ecológica, pero también por razones cargadas de argumentos, ya que los bosques son ecosistemas claves para el funcionamiento de nuestro planeta, albergan alrededor de 2/3 de la diversidad terrestre, proporcionan múltiples servicios ecosistémicos (madera, alimentos, regulación climática, etc…) y son esenciales para nuestra salud. Además, se estima que un tercio de las emisiones antrópicas de CO2 anuales son absorbidas por los bosques.

 

Con esta carta de presentación no es de extrañar la puesta en marcha de numerosas iniciativas internacionales que promueven la plantación de billones de árboles para mitigar los efectos del cambio climático. La plantación, bien diseñada y ejecutada, de árboles y otras especies es de gran utilidad para la restauración de ecosistemas y para garantizar la regeneración de muchos de nuestros bosques.

 

Sin embargo, pensar que estos árboles jóvenes -suponiendo que todos ellos sobrevivan a la plantación- van a alcanzar la funcionalidad de un bosque y, sobre todo, compensar las emisiones de haber quemado el carbono que durante millones de años se ha almacenado en los organismos que habitaron nuestro planeta es, cuanto menos, utópico.

 

Alerta efectos rebote

Por otro lado, muchos de estos árboles se plantarán en valiosos ecosistemas alterando su funcionamiento y los servicios ecosistémicos con nos proporcionan.

 

Además, ignoramos el hecho de que el clima al que estarán sometidos estos árboles cuando alcancen la madurez será muy diferente al actual. Los escenarios climáticos prevén no solo un aumento de la temperatura sino también de la aridez y de los eventos climáticos extremos como olas de calor y grandes sequías. La vegetación estará pues sometida a un mayor estrés hídrico disminuyendo su tasa fotosintética mientras aumenta su respiración, lo que nos podría llevar a la paradoja de que los árboles que plantamos como medida de mitigación pasarán de ser sumideros a fuentes de CO2.

 

De hecho, cada vez son más los estudios que muestran decaimiento y eventos de mortalidad masiva en masas forestales de todo el mundo. A todo esto, hay que añadir que las plantaciones dan lugar a masas forestales con una alta carga de combustible si no son gestionadas posteriormente, lo que las hace muy vulnerables a sufrir incendios que devolverían a la atmósfera el CO2 que hayan podido capturar.

 

Plantamos más aquí, pero abusamos más del exterior

Existe otra paradoja en todo esto: la globalización y el abandono rural en países como el nuestro nos ha hecho dependiente de materias primas y alimentos del exterior. Así, mientras la deforestación en la Amazonía es cada vez más preocupante, el área forestal de nuestro país ha aumentado, aunque el aprovechamiento forestal de nuestros bosques ha disminuido considerablemente. Esta falta de gestión ha hecho que nuestros bosques sean más vulnerables a sequías, grandes incendios, plagas y enfermedades.

 

Al igual que el uso de la mascarilla y el distanciamiento social son claves para combatir la COVID-19 a la espera de una vacuna, debemos tomar medidas para proteger nuestros ecosistemas mientras esperamos una cura milagrosa para el cambio climático.

 

Centremos nuestro esfuerzo en conservar y restaurar nuestros ecosistemas, pero no olvidemos la importancia de la gestión humana para garantizar su salud y persistencia, a la vez que podemos suministrarnos localmente de los productos que nos ofrecen. Así, contribuiremos a la conservación de ecosistemas remotos, como los bosques tropicales y a la disminución de las emisiones. La salud de nuestros ecosistemas, y por tanto la nuestra, están en juego.

 

* Enrique Andivia es investigador del Departamento de Biodiversidad, Ecología y Evolución de la Facultad de Ciencias Biológicas de la UCM.