LIBROS

El profesor José Luis Gutiérrez posa con su nueva novela "Lo que las piedras esconden"

El profesor José Luis Gutiérrez publica su séptimo libro, la novela “Lo que las piedras esconden”

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Jesús de Miguel - 20 feb 2026 09:50 CET

José Luis Gutiérrez es profesor del Departamento de Escultura y Formación Artística. Durante sus años como escultor disfrutaba trabajando con una piedra tan bella, aunque tan dura, como el calatorao, pero según la esclerosis múltiple comenzó a restarle movilidad, el profesor enfocó su creatividad en una nueva disciplina que requiere menor esfuerzo físico: la escritura. Así, desde el año 2011 ha publicado seis libros, entre novelas y testimonios, incluida una biografía en la que indaga sobre su enfermedad y en cómo esta ha sido incapaz de acabar con sus ilusiones. Ahora, la editorial Adeshoras publica su séptimo libro, la novela Lo que las piedras esconden, que se presentará en las próximas semanas en la Facultad de Bellas Artes.

 

Esta novela habla sobre un escultor de nombre Otto Schneider, que es un personaje imaginario inspirado en Arno Breker, el escultor preferido de Hitler. ¿De dónde le ha surgido la idea de escribir este libro?

Preparando una clase de la asignatura que imparto ahora, que se llama Arte Público, quería mostrar a mis alumnos la obra de Arno Breker, ya que me interesaba como ejemplo de cómo la escultura puede llegar a utilizarse como herramienta de propaganda ideológica o política, de cómo el escultor puede caer en la trampa de prestarse a ser utilizado como transmisor de ideas políticas o de ideología. Hay que recordar que Hitler era muy aficionado al arte e intentó incluso entrar en la Academia de Bellas Artes de Viena, pero le suspendieron el examen de ingreso dos veces, y eso le llenó de odio hacia los artistas modernos. La historia hubiera cambiado si le hubieran aprobado y se hubiera dedicado a hacer esa birria de cuadros que hacía, porque era malísimo. Todo esto se lo explico a los alumnos en el contexto de la primera lección de la asignatura, en la que hablo de la crisis del monumento escultórico tradicional. Y buscando en internet imágenes para ilustrar esta clase, erróneamente me ofreció la imagen de la escultura que ilustra la portada del libro como si fuera realmente de Breker.

 

¿Cómo descubrió que no lo era?

Ya en principio me sorprendió, porque no concuerda con el carácter de las esculturas de Arno Breker, pero me quedó la duda, así que escribí un correo electrónico a varios profesores de mi Departamento pidiéndoles que me ayudaran a identificar el autor de esta escultura, que a mí me pareció soberbia. Consuelo de la Cuadra, que ahora está jubilada, pero era profesora y amiga del Departamento de Escultura, me dijo rápidamente que el autor era Julien Dillens, un escultor belga del siglo XIX y que esta escultura en concreto estaba en el Museo de Bellas Artes de Bruselas. Me sentí decepcionado porque había empezado a considerar que esta escultura era una gloriosa excepción en el conjunto de obras de Arno Breker, así que, por supuesto la descarté para mis clases porque no deseo confundir a mis alumnos, pero no pude evitar que mi mente siguiera pensando en esta escultura que me fascinó, pero sobre todo pensando en qué es lo que podía haber conducido a un escultor como Arno Breker a realizar una escultura como esta.

 

¿En qué se diferencia de las obras del autor?

La producción escultórica de Breker se caracteriza por hacer figuras masculinas que son hombres jóvenes, muy musculosos, con expresión arrogante, potenciando como valores estéticos la fuerza, la arrogancia y la virilidad, perfecto para lo que quería Hitler. Eran como prototipos escultóricos del ideal de hombre ario, y cuando hacía esculturas de mujeres las hacía con una actitud a veces más sumisa, más dulce, pero tremendamente frías. Tan frías que a veces parecen maniquís, porque además estilizaba la figura femenina intentando, al igual que cuando hacía esculturas de hombres, crear la imagen de una raza, la raza aria que se creía superior. Desde que se convirtió en el escultor favorito de Hitler, que eso fue hacia 1936, cuando fue seleccionado para hacer tres esculturas monumentales para la entrada del estadio olímpico, el dictador alemán le dio todas las facilidades para que pudiera generar en sus talleres infinidad de obras.

 

¿En qué consistieron esas facilidades?

Pues, por ejemplo, llegó a tener abiertos en el periodo de máxima actividad, que fue hacia 1942, durante la ocupación de París, tres grandes talleres de escultura con más de cien ayudantes en cada taller. Me quedo perplejo, porque a mí, que he sido escultor y he trabajado siempre solo, sin ninguna ayuda, me cuesta trabajo imaginar lo que sería organizar el trabajo de cien operarios en cada taller, dos en Berlín y uno en París. Entre esos ayudantes había técnicos de oficios auxiliares a la escultura, incluso había algún escultor, pero la mayoría los había sacado de campos de concentración o de prisioneros de guerra que declaraban que eran competentes en algún oficio relacionado con la escultura, ya fuese la cantería o la fundición en bronce. Los modelos para sus obras los elegía entre filas de hombres y mujeres que le ponían delante para que él eligiera, deportados de campos de concentración.

 

De todos modos, Lo que las piedras esconden no es un libro de Historia, sino una novela.

Sí, sí, claro, yo ahí lo que hago es indagar sobre lo que le llevó a Otto Schneider a hacer esa escultura de la que hablábamos antes. Esta, la protagonista de mi libro que posa para el autor, es una adolescente que proviene de un campo de concentración, y ahí está la parte novelesca de la historia, que finalmente es una historia también de amor que de algún modo redime al escultor y le hace un personaje humano. Porque Arnold Breker, tal como nos lo pinta la historia, era un personaje absolutamente afín a las ideas del nazismo, se afilió al partido nacionalsocialista y no se le conoce ninguna idea opuesta al poder.

 

¿En su investigación para la novela no ha descubierto nada humano sobre él?

Algo sí. Se sabe que liberó de un campo de concentración a la modelo de Aristide Maillol, que era un escultor muy importante, y se dice que intercedió por Picasso para que en el periodo de ocupación nazi de París no le privaran de libertad, así que logró que le dejaran seguir trabajando. Muchas veces yo me había preguntado por qué, cuando los nazis entraron en París, permitieron a Picasso, que todo el mundo sabía dónde vivía y dónde trabajaba, que siguiera trabajando sin molestarle en ese arte que los nazis consideraban degenerado y que además se había opuesto públicamente al propio Franco, con el Guernica, que es un canto contra su dictadura.

 

¿Es fácil encontrar obras de Arno Breker en la actualidad?

Cuando Hitler perdió la guerra, destruyeron más del 80% de la obra de Breker, y mientras los mármoles los sacaron a la calle y los destrozaron, los bronces los cortaron y los vendieron como chatarra. Para el escultor fue absolutamente desolador, pero para los países vencedores tenía su lógica, porque no estaban destruyendo simplemente esculturas, estaban destruyendo esa idea de un ser humano superior a lo demás. Cuando terminó la segunda guerra mundial, se quedó desolado por la destrucción de sus obras y Franco le invitó a venir a España, donde le hubiera puesto a trabajar directamente en el grupo escultórico del Valle de los Caídos, pero en aquella época las potencias vencedoras podían vetar la salida de ciudadanos alemanes de Alemania, especialmente si estaban todavía inmersos en un proceso de desnazificación, así que no le permitieron salir. Pocos años después, Molotov, el ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, le invitó a ir a Rusia para trabajar en cinco esculturas monumentales para la Plaza Roja de Moscú, ofreciéndole una cantidad enorme de dinero, y esa oferta sí que la podía aceptar, porque Rusia era potencia vencedora, pero la rechazó diciendo que con una dictadura había sido suficiente, en una actitud bastante hipócrita. Vivió hasta los 91 años de edad y después de la guerra se dedicó principalmente a hacer retratos de gente muy importante que le pagaba muy bien. Como Dalí, que decía que Dios es la belleza y Arno Brekker su profeta.